El pesado

El pesado entra de cuando en cuando en el Críper. Muchas veces se le ve asomarse a los otros bares, pero todos sospechan que no le dejan entrar. Y a nadie le extraña, porque, como su apodo indica, es un pesado.

Cuando entra, tiene por costumbre acechar las conversaciones ajenas y meterse en ellas en el momento más inoportuno, con el comentario más inapropiado. Lo hace tanto que espanta a los clientes y, aunque la camarera ya le ha advertido más de una vez que no debe meterse en conversaciones ajenas, al tipo le entra por un oído y le sale por el otro.

Una vez más, el pesado entra al Críper y los dos clientes que hay ese momento ponen los ojos en blanco. Por suerte, son de los que no se callan y, en cuanto hace amago de meterse donde no le llaman, le dicen que se calle y que les deje en paz. Aun así, el pesado sigue acechando, erre que erre, y en cuanto se descuidan, vuelve a la carga.

-Bueno, vale ya -le dice la camarera-. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no molestes al resto de clientes?

-Vale, vale -suspira el tipo. Pero sigue acechando hasta que se da cuenta de que las miradas de hostilidad que le dirigen todos no son nada bueno.

-No le aguanto más -le dice al jefe la camarera-. ¡Es que además espanta a todo el mundo!

-Si yo no le dejo entrar -responde el jefe. Ella le fulmina con la mirada-. Se me olvidó comentártelo.

La camarera lo deja pasar y prefiere centrarse en la sensación de alivio que la embarga. Ya no tendrá que aguantar al pesado nunca más… y los clientes también.

 

No voy a denunciar

Un hombre entra al Críper con la camiseta del pijama del hospital, saca un billete de cinco arrugado y pide cambio para tabaco.

—En la vida me ha pasado esto a mí —comenta mientras echa las monedas en la máquina—. Me encontró un viejecito tirado en medio de la calle y me llevó al hospital. Pero ya me he acordado de lo que pasó. Me fui a ese bar de ahí arriba —señala— y me tomé un cubata solo. Seguro que me echaron algo en la bebida. Me han robado trescientos euros.

—Pues si es así, deberías ir a comisaría y denunciarlo —comenta la camarera.

El hombre se gira y le lanza una sonrisa siniestra.

—No, no voy a denunciarlo, no. Ya he llamado a unos amigos. Se van a enterar de lo que es bueno.

Dicho esto, se despide, sale del bar, se enciende un pitillo y se aleja en dirección al bar donde afirma que le robaron con aire decidido. La camarera, por un momento, se siente tentada de abandonar su puesto y asomarse a ver si se va a armar gresca, pero se lo piensa dos veces: casi mejor no saber cómo acaba el asunto.

La bruja

Una pareja de mediana edad entra al Críper. Ella, muy peripuesta y estirada, pide una manzanilla y su marido un botellín.

-Eso, eso, cerveza, dí que sí -le reprocha la mujer. Él la ignora, de modo que se gira y se pone a desvariar dirigiéndose a la camarera y al resto de clientes-. ¿Se pueden creer, que venimos del hospital y no se quería ir pronto? Cuando mi madre enfermó, él se quiso largar y yo le acompañé, pero nada, como ahora es su madre, él no me acompaña y se queda con ella. No hay quien lo aguante, el gitaneo que se monta ahí a la hora de visitas.

-Si algo tiene mi madre, es muchos hijos que la queremos -dice el hombre, lanzando una mirada, como de disculpa, al grupo que está aguantando la chapa de la señora.

-Ya, ya, ya veo cómo la quieres, que prefieres hacerme aguantar eso, en vez de venir conmigo -sigue su mujer.

-Te hubieras ido sola -salta el hombre.

-Sí, para que habléis mal de mí luego a mis espaldas. Que tenía que salir de ti el querer irte, luego yo soy la borde. -Se bebe de un trago lo que le queda de manzanilla-. Vamos, para casa. Con la de cosas que tengo que hacer…

El hombre, por no discutir, paga y la sigue con docilidad. En cuanto salen, todos los clientes dicen, al unísono:

-Qué bruja.

El listo

Un hombre entra al Críper y pide un botellín. Al pagar, se confunde y pone una moneda de dos euros y otra de cincuenta céntimos en vez de un euro cincuenta. La camarera, imaginando que es para echar el euro de las vueltas a la máquina, le da su cambio. Al verlo, el hombre pega un bote, agarra el dinero rápido, lo esconde en su bolsillo y, tras beber el botellín de un trago, se marcha del bar.

-Ese se ha pensado que le has devuelto de más -ríe un cliente habitual.

-Anda, que si yo hubiera sido igual de honesta… -suspira la camarera

-Pues la próxima vez que se equivoque con el cambio ya sabes, para el bote -sentencia el hombre, aunque no tiene pinta de que el listo vaya a volver.

A los negros no les crece el pelo

Un viejecito, cliente habitual, lleva ya cosa de un cuarto de hora afirmando, sin que nadie consiga convencerle de lo contrario, que a los negros no les crece el pelo.

-Anda, anda. ¿Cómo no les va a crecer el pelo? -dice la camarera, por enésima vez, intentando no reírse.

-Que no, que les crece la pelusilla esa y se queda así, no crece más.

-Ya, ¿y las mujeres qué?

-A ellas sí les crece, pero se ponen extensiones y…

Justo en ese momento llega un cliente habitual, de color, y el anciano le señala con la cabeza y pone cara de “Os lo dije”.

-¿Qué pasa? -pregunta el recien llegado.

-Aquí el señor -señala la camarera-, que dice que a los negros no os crece el pelo.

El aludido se echa a reír a carcajadas, junto con el resto de los presentes, que ya no pueden contenerse más, y el viejecito se indigna.

-¡Pues tú siempre tienes el pelo igual de corto, y te conozco desde hace años!

-¡Porque mi mujer no me deja que lo lleve más largo! Pero vamos, si quieres te enseño fotos de cuando era joven y lo tenía a lo afro.

-Bah, sería una peluca -dice el viejecito, sin bajarse del burro. Luego, echa un último trago a su café y se larga refunfuñando.

¡Hun!

Un hombre entra al Críper, tambaleante.

-¡Hun! -exclama, señalando quién sabe a qué.

-¿Perdón? -pregunta la camarera.

-¡Hun! -vuelve a decir. Esta vez señala a una zona menos amplia.

-¿Un café?

-Hun -hace lo que parece un asentimiento y apunta hacia la leche.

-¿Con leche?

-¡Hun! -asiente de nuevo.

La camarera se lo pone y el hombre le tiende dos euros.

-Hun.

Ella le cobra y él empieza a intentar hablar con ella entre gestos sin sentido y <<¡Huns!>>.

-Lo siento, no te entiendo -le dice ella, tras un rato intentando comprenderle a base de adivinanzas. No cree que esté borracho, y le da pena porque, aunque no puede hablar, está claro que desea comunicarse, pero poco puede hacer.

-Hun -se limita a decir él. Hace algo parecido a un encogimiento de hombros y se marcha, con las manos en los bolsillos.

Cagón maleducado

Un tipo con pinta de guarro entra en el Críper y se mete directo al baño, sin darle opción a la camarera para decirle que es solo para clientes. El tipo se pasa más de un cuarto de hora en los servicios y tira de la cadena alrededor de ocho veces, tras lo cual sale del baño y se dirige a la puerta.
-¡Eh! ¿Dónde crees que vas? -le dice la camarera. Él señala a la puerta-. ¿Tú sabes leer? -Asiente-. Pues lee lo que pone en el cartel de la puerta y en el que hay según has entrado.
-Los baños son exclusivamente para clientes -lee el tipo.
-Pues eso, o consumes algo y lo pagas o me das cincuenta céntimos por usar el baño -dice la camarera. No tiene inconveniente en dejar entrar al baño bajo ciertos supuestos, pero el hombre no solo ha sido un maleducado, sino que para colmo ha estado haciendo uso de luz, agua y papel como si fuera ocho personas en vez de una… y seguramente haya dejado el baño hecho un asco. La peste, desde luego, comienza a extenderse por el local por más que haya tirado de la cadena.
-Sí, hombre -protesta.
-Es lo que cuesta en cualquier estación o lugar público y aquí está más limpio y pasa menos gente -se mantiene firme la camarera.
Él la fulmina con la mirada pero, como ella no recula, saca un monedero y pone sobre la mesa treinta céntimos.
-Faltan veinte céntimos.
-No me jodas.
-Eso digo yo. Tu monedero está abultado, seguro que tienes -responde ella, tranquila.
Finalmente, el tipo pone sobre la barra un montón de monedas de céntimo y la camarera las cuenta.
-Esta es tuya -dice al final, tendiédole una moneda de céntimo, que es la única que sobraba. Él la coge con rabia y se larga.
Desde entonces, cada vez que pasa frente al Críper, el cagón maleducado le hace un corte de manga a la camarera. No ha vuelto, eso sí, a gorronear el baño del bar, así que ella, cada vez que ve el gesto, sonríe y le saluda como si nada, para que no le entren tentaciones de volverlo a hacer.