La siesta

Un hombre mayor, cliente habitual, tiene por costumbre quedarse dormido en la barra, mientras se toma su café. La camarera ya le deja por imposible, pero ese día se pone a roncar cada vez más fuerte y, cuando otro cliente y ella cruzan una mirada, sueltan una carcajada que le despierta.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa?

-Que te has quedado frito y estabas roncando -dice la camarera.

-¡Yo no ronco! -exclama indignado el hombre mayor.

-Todos los que roncamos decimos lo mismo -dice el otro cliente.

-¡Bah! -responde el hombre y, poco a poco, vuelve a quedarse dormido.

Situación de emergencia

No es el turno de la camarera, pero cuando pasa ante el bar se encuentra a una chica y a su compañero con cara de preocupado. Cuando pregunta qué pasa, el camarero le cuenta que el hermano de la chica se ha cagado encima y que se ha atrincherado en el baño de los chicos.

La chica se disculpa y va con su hermano al baño, del que sale un olor espantoso.

-Es que no sé qué hacer, que encima el chico es discapacitado mental y no quieren ni oír hablar de que llame a una ambulancia o algo -reconoce el camarero. Para colmo, hay bastante gente y todos tienen que entrar al baño de las chicas.

La camarera va hacia el baño y le dice a la hermana que tiene que darle una solución ya, que no puede atrincherarse ahí eternamente.

-No, señora, por favor, yo hago lo que sea pero… ya he llamado a mi tío para que nos venga a recoger -suplica la chica.

-Lo que sea pero ya. Si vive lejos, no me sirve -dice la camarera. Y se va a hacer sus cosas. Una hora y pico más tarde, vuelve a bajar. El camarero sigue desesperado, pero la chica dice:

-Ya vienen a por nosotros, no se preocupe.

-Pero bueno, es que esto no es normal. ¿Qué te costaba ir al chino y comprarle un pantalón de chandal y unos calzoncillos para sacarle del bar? -protesta la camarera.

-Ay, no se me había ocurrrido. Lo siento, pero ya vienen, ya vienen.

Efectivamente, no tardan en llegar con un coche y por fin sacan al chico del baño. La camarera suspira: ahora toca limpiar ambos servicios, ya que el de las chicas ha sufrido las consecuencias de ser el único aseo disponible.

Dormir en lugares extraños

La camarera y un pequeño grupo de clientes habituales charlan, como de costumbre, de lo mismo de siempre y un hombre que se está tomando un botellín al margen de la conversación entra al baño. El resto sigue hablando, tan ricamente, durante una hora o más, hasta que unas señoras que estaban en la mesa se van y la camarera tiene que levantarse a limpiar la mesa. Como viene un olor desagradable del baño, aprovecha para echar ambientador pero, cuando empieza a abrir la puerta, se oye un grito:

-¡Ahhh!

La puerta se cierra de golpe y la camarera, roja como un tomate, vuelve a la barra.

-Manda huevos, podríais haberme dicho que estaba ahí el señor -les dice a los habituales.

-¡Es que no nos acordábamos! -se ríen ellos.

Al rato, el señor sale del baño y, avergonzado, dice, antes de salir del bar:

-Es que me había quedado dormido… ¡Menudo susto me has dado!

Adiós y hasta luego

Un viejecito entra al Críper y la camarera le da conversación durante horas. Cuando por fin decide marcharse, dice:

-Bueno, ha sido un placer ¡hasta luego!

-Adiós -responde la camarera, como siempre.

El viejecito se pone tenso y se da la vuelta para preguntarle a la camarera, indignado:

-¿Por qué me dices “adiós”? ¿Es que quieres que me muera?

-Eh… Es una despedida como otra cualquiera -comenta la camarera, desconcertada.

-Si dices “adiós” me estás mandando con Dios. Tienes que decir “hasta luego” para indicar que volveremos a vernos -le gruñe el abuelo.

-“Hasta luego” solo se usa cuando vas a ver a la persona dentro del mismo día -explica la camarera-. Y usted hasta mañana no vuelve.

-Pues me da igual, ¡tienes que decirme “hasta luego”! ¡Hasta luego! -se despide de nuevo.

-Adiós -dice ella, automáticamente. El viejo se vuelve a girar, indignado, y ella se encoge de hombros-. Es la costumbre. Hasta luego.

Para medio chupito, quizás un poco menos

Cuando la camarera entra, el tipo ya está allí y el jefe le dice que lo tiene todo pagado, así que no le presta mucho atención hasta que le hace señas.

-Esto es lo que tengo -dice él, soltando unas cuantas monedas en la mesa-. Con lo que hay, ponme lo que sea.

-Pues con eso -responde ella, al ver que no hay ni sesenta céntimos- no te pongo ni aire.

-Venga ya, me pones el equivalente que calcules, así a ojo… -le suplica el hombre.

-Solo servimos lo que hay en completo. Lo más pequeño es un chupito, y no tienes para un chupido.

-Pero sí tengo para medio chupito -protesta él. Luego mira las monedas y rectifica-: Bueno, quizás para un poco menos.

-Te he dicho que no. O chupito completo o nada -se empieza a enfadar la camarera.

-Pues ponme el chupito entero pero me cobras esto…

-Largo -le interrumpe ella, señalando la puerta. El tipo se va, murmurando entre dientes:

-Qué poco te enrollas, tía.

El pesado

El pesado entra de cuando en cuando en el Críper. Muchas veces se le ve asomarse a los otros bares, pero todos sospechan que no le dejan entrar. Y a nadie le extraña, porque, como su apodo indica, es un pesado.

Cuando entra, tiene por costumbre acechar las conversaciones ajenas y meterse en ellas en el momento más inoportuno, con el comentario más inapropiado. Lo hace tanto que espanta a los clientes y, aunque la camarera ya le ha advertido más de una vez que no debe meterse en conversaciones ajenas, al tipo le entra por un oído y le sale por el otro.

Una vez más, el pesado entra al Críper y los dos clientes que hay ese momento ponen los ojos en blanco. Por suerte, son de los que no se callan y, en cuanto hace amago de meterse donde no le llaman, le dicen que se calle y que les deje en paz. Aun así, el pesado sigue acechando, erre que erre, y en cuanto se descuidan, vuelve a la carga.

-Bueno, vale ya -le dice la camarera-. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no molestes al resto de clientes?

-Vale, vale -suspira el tipo. Pero sigue acechando hasta que se da cuenta de que las miradas de hostilidad que le dirigen todos no son nada bueno.

-No le aguanto más -le dice al jefe la camarera-. ¡Es que además espanta a todo el mundo!

-Si yo no le dejo entrar -responde el jefe. Ella le fulmina con la mirada-. Se me olvidó comentártelo.

La camarera lo deja pasar y prefiere centrarse en la sensación de alivio que la embarga. Ya no tendrá que aguantar al pesado nunca más… y los clientes también.

 

No voy a denunciar

Un hombre entra al Críper con la camiseta del pijama del hospital, saca un billete de cinco arrugado y pide cambio para tabaco.

—En la vida me ha pasado esto a mí —comenta mientras echa las monedas en la máquina—. Me encontró un viejecito tirado en medio de la calle y me llevó al hospital. Pero ya me he acordado de lo que pasó. Me fui a ese bar de ahí arriba —señala— y me tomé un cubata solo. Seguro que me echaron algo en la bebida. Me han robado trescientos euros.

—Pues si es así, deberías ir a comisaría y denunciarlo —comenta la camarera.

El hombre se gira y le lanza una sonrisa siniestra.

—No, no voy a denunciarlo, no. Ya he llamado a unos amigos. Se van a enterar de lo que es bueno.

Dicho esto, se despide, sale del bar, se enciende un pitillo y se aleja en dirección al bar donde afirma que le robaron con aire decidido. La camarera, por un momento, se siente tentada de abandonar su puesto y asomarse a ver si se va a armar gresca, pero se lo piensa dos veces: casi mejor no saber cómo acaba el asunto.