Archivos Mensuales: abril 2012

De viejecillo encantador a viejo siniestro

El viejecillo empieza a ir al Criper y a la camarera le da mucha pena, así que le da conversación. Hablan de tonterías, de cosas que no tienen ninguna importancia, pero al viejecillo parece encantarle y, al parecer, empieza a creer que es son grandes amigos.
Al cabo de un tiempo, el viejecillo comienza a dejar propinas, para que se tome una chuche, justo antes de marcharse, y cada vez se toma más refrescos, pero la camarera lo achaca a que se aburre y no le da importancia.
La cosa empieza a ponerse extraña cuando el viejecillo se va de vacaciones y le pide a la camarera su teléfono para preguntarle qué tiempo hace en Alcorcón. Ella se queda en blanco y se niega a dárselo, pero el hombre insiste y, como no está la cosa para perder clientes, y menos clientes que se dejan todos los días una pasta, acaba dándole el teléfono del bar, que no funciona bien y ni siquiera suena la mitad de las veces. No obstante, eso no es impedimento para que el sujeto llame varias veces.
Cuando el viejo vuelve de vacaciones, la camarera está dispuesta a tener una charla con él, pero parece normal y al final lo acaba achacando a que el hombre se aburría realmente. No obstante, se queda desconcertada cuando se siente aludido con un comentario que hace sobre lo harta que está de los clientes babosos que no paran de mirar su trasero, aunque no lo dijera por él (más tarde, se da cuenta de que el viejo siempre se coloca en el sitio donde mejor puede mirar su culo). Más desconcertada se queda cuando, en otra ocasión, el viejo ve cómo mete las propinas en el bote y empieza a discutir, diciendo que esas propinas son para ella, para que se compre una chuche.
-Mira, todas las propinas van para el bote. Si no quieres que vayan, no me las des y si quieres que me tome una chuche no me des propina porque no voy a gastarlo en esas idioteces -acaba por decirle.
Al día siguiente, el viejo aparece con una chuche y ella empieza a pensar que está metida dentro de una extraña película surrealista. A pesar de todo, el viejo parece con ganas de reconciliarse y la camarera decide darle una oportunidad, así que hace las paces con él dándole la mano a pesar de que ni ella acepta la chuche ni él le deja propina.
No obstante, al día siguiente pretende darle la mano de nuevo y al siguiente igual, hasta que ella se harta y le dice que no le da la gana darle la mano todos los días. Empieza entonces otra discusión que acaba cuando, tras intentar meter el viejo la mano tras la barra, ella amenaza con echarle.
Ese mismo día la camarera le dice al jefe que ya no va a dar coba al viejo y que lo siente mucho si pierde un cliente, pero que a partir de ese momento va a ignorarle. Al jefe no le queda más remedio que aceptarlo (más que nada porque la otra opción que ha propuesto la camarera es usar el derecho de admisión y no dejarle entrar) y cuando el viejo se asoma y pregunta si puede pasar, ella responde:
-Si te vas a comportar, puedes pasar.
Pero el viejo vuelve a discutir y ella acaba diciéndole que en el chino de más arriba, aunque no tiene barra ni puedes sentarte dentro, venden los refrescos más baratos y que no le importa en lo más mínimo que no vuelva a pasar por el Criper.
Al cabo de un tiempo el viejo vuelve a asomarse preguntando lo mismo y ella le responde lo mismo. Pasa todo el rato ignorándole, en tensión, contestando con monosílabos, pero al viejo eso no le impide hablar con ella y decir lo mucho que ha adelgazado y lo largo que tiene el pelo, y que debería hacerse un moño porque así estaría más guapa. Ella se muerde la lengua y sigue ignorándole, lo que no impide que siga llegando todos los días y soltando impertinencias.
Una tarde, el viejo aparece y le dice que si le haría el favor de acompañarle al mediamark para comprarse un ordenador y ella se niega; en otra ocasión empieza a decir que qué guapa va; y todos los días, sin excepción, intenta sacar el tema del tiempo y del modelito que lleva la camarera en ese momento (que siempre son camisetas anchas y vaqueros cómodos lo menos llamativos posibles). También le entra la paranoia cuando le hace preguntas ridículas que ella no tiene interés en responder (ni en conocer la respuesta) y, al responder que no lo sabe, empieza a decir que sí que lo sabe, pero que no se lo quiere decir.
Como si los metros cuadrados que tiene España o gilipolleces similares fueran un secreto nacional, piensa ella, ignorándole por completo.
El colmo ya llega cuando el viejo le pregunta cuánto pesa.
-No es de tu incumbencia -responde ella, sin mirarle.
-Oye, que el que seas muy inteligente no implica que tengas que ser una maleducada.
La camarera se queda flipada y le dice que lo que es de maleducados es preguntarle a una mujer cuánto pesa. El viejo se levanta, paga, y dice antes de salir:
-Has cambiado, y tú y yo sabemos por qué.
-Sí, porque no sabes comportarte y has cruzado la línea demasiadas veces -dice, aunque el viejo parece no hacer caso.
No vuelve en mucho tiempo y la camarera empieza a confiar en que ha sido la última vez que le ha visto, pero no… no podía ser tan fácil. Un día mira hacia el bar de enfrente y ahí está él, de pie con su refresco, mirando por la ventana directamente hacia ella. La camarera le ignora y sigue a lo suyo, como si no le hubiera visto, y al rato se abre la puerta y el viejo entra en el Criper.
Él sigue intentando que responda a sus provocaciones y ella sigue comportándose como siempre, preguntándose internamente qué diablos tiene que hacer para que el viejo no vuelva a pisar el bar… ¡Si al menos no se dejara tanto dinero en refrescos!

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