Jugando

El hombre, de unos cincuenta años, siempre va al bar a eso de las cuatro, se pide un café y, tras ir al baño, saca su consola portátil. Se queda mirando embobado la pantalla, pulsando los botones con insistencia, moviéndose al ritmo del juego, sea ese el que sea. Alrededor de media hora después, los días que no se le va el santo al cielo, apaga la consola y, tras echar un par de monedas a la tragaperras, por si toca, se marcha.

Si por lo que sea está ahí más tiempo, suena su móvil y, mirándolo con el ceño fruncido, refunfuña:

-Ya está, la policía.

No obstante, se lo toma con calma y termina la partida antes de irse, no sin antes echar un par de euros a la tragaperras, a ver si toca.

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