Archivos Mensuales: julio 2013

Algo me sentó mal

El africano entra al Críper y pide un café con dos azucarillos. Cuando está removiendo se fija en las gambas y dice, con un acento tan cerrado que apensa se le entiende:

—Esto de aperitivo.

—¿Perdón? —pregunta ella, alucinando. Seguramente no ha oído bien.

—Aperitivo —vocaliza, señalando las gambas.

—Con el café no se pone aperitivo —le advierte, totalmente descolocada.

—Yo pago.

La camarera le pone una ración y llama al jefe, porque no sabe cuánto vale. El tipo moja la primera de las gambas en el café y, sin pelarla ni nada, se la lleva a la boca. Ella, desde ese momento, decide no volver a mirarle hasta que le pida otra cosa.

Al rato, el negro le pide un tercio y, cuando la camarera le pregunta qué quiere de picar se pasea a lo largo de toda la barra, hasta que algo le llama la atención.

—Esto —señala una caña de chocolate.

—Los bollos no cuentan como aperitivo.

—Yo pago.

Encogiéndose de hombros, la camarera se lo pone y anota en la cuenta un desayuno, tachando el café. Por suerte, esta vez no moja la caña en la cerveza, proobablemente porque no usa la copa y no puede meterlo por la boquilla. Al rato llega un amigo suyo, que sólo toma un café sin hacer mezclas extrañas, pero que no dice nada cuando vuelve a pedir otro café, que combina con una ración de chorizos.

Se quedan toda la tarde, montando escándalo y hablando a gritos, el uno tomando sólo cafés y el otro pidiendo ahora cerveza con bollos, ahora café con la racción de salado que se le antoje, desde aceitunas hasta tortilla o huevos duros.

Al fin piden la cuenta, una cifra bastante alta, la camarera les cobra y, cuando les devuelve el plato, el de las combinaciones extrañas se coge la tripa y le dice algo a su amigo en su lengua.

—Dice que le has dado algo que le ha sentado mal.

La camarera se esfuerza por morderse la lengua y consigue no decir ni pío, limitándose a fulminarles con la mirada mientras limpia el desastre que han dejado en el trozo de barra que han ocupado hasta que se largan.

Zurdo

Aunque entra con su mujer y su hija, que se sientan en la mesa de la ventana, el señor se coloca en la barra y observa a la camarera atentamente mientras les pone lo que han pedido.

—¿Con qué mano escribes?

—Con la izquierda —responde, con tono de hastío. No le apetece hablar, la tarde ha estado plagada de pesados, ligones y listillos… y ha llegado a su límite.

El señor suelta entonces una risa siniestra, de malo de película, que sorprende a la camarera y a sus dos acompañantes por igual.

—¿Sabes por qué te lo pregunto? —ella se encoge de hombros y sigue a lo suyo, con la esperanza de que diga lo que quiere decir y la deje tranquila—. Porque yo soy zurdo —baja el tono, como si le estuviera contando un secreto—, pero escribo con la derecha.

—Pues qué bien —contesta ella, en el tono menos irónico que puede generar. Pero es que no le sale otro.

—¿Sabes por qué?

—Porque los maestros no te dejaban escribir con tu mano —responde, aburrida. Lleva toda la vida aguantando la anecdotilla de parte de todos los zurdos que estudiaron en otros tiempos.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta él, con tono sinceramente sorprendido.

La camarera está a punto de responder que es adivina cuando las acompañantes del señor le llaman y él deja de prestarle atención.