El ciego

La camarera está medio dormida, porque acaba de levantarse, y agobiada, porque en el turno de mañana hay más gente y no tiene costumbre al ser su primer día. En el barullo reinante, ve entrar a un cliente y se acerca para tomarle nota. Es ciego, y se queda quieto, sin decir nada.

—¿Qué quiere tomar? —pregunta. Como no contesta, ella atiende a otro cliente mientras se decide, pero cuando regresa y le vuelve a preguntar sigue sin recibir respuesta.

—Quiere un café con porras —dice uno de los habituales.

—¿En serio, o me estás vacilando? —pregunta, acostumbrada a las bromillas de los habituales.

—Que no, que siempre toma eso y ya ni se molesta en pedirlo.

La camarera le pone el café y al tercer intento, con la ayuda del resto de clientes, consigue que el hombre le diga cómo quiere la leche. Finalmente se lo pone y, tras tomarse su desayuno con calma, paga y se va.

Horas después, el jefe le pregunta que qué pasó con el ciego y ella se encoge de hombros.

—¡Es que a ese hombre siempre le tienes que poner el café con porras! ¿No ves que está un poco sordo también?

—¿Y cómo querías que lo supiera, por telepatía?

—Pues ya lo sabes —refunfuña el jefe.

Al día siguiente vuelve a aparecer y la camarera le pone su desayuno. Coincide que no hay nadie en ese momento y suspira de alivio. No quiere ni imaginar la odisea para enterarse de lo que quería sin la ayuda de nadie.

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