Archivos Mensuales: noviembre 2013

Caradura

El hombre es un cliente habitual, así que cuando la camarera le ve rebuscar por todos sus bolsillos y acaba diciendo que se le ha olvidado el dinero, responde que no pasa nada si se lo da al día siguiente.
Cuando vuelve pide un café y se mete al baño. Al salir, saca el dinero justo para pagar la consumición de ese día.
—Es que se me olvidó.
—Pues mañana no estoy. Se lo diré a mi compañero.
Al día siguiente, su compañero le dice que el hombre no ha pagado, de nuevo, la consumición del día y que para colmo le ha tenido que prestar veinte céntimos para que los eche a la tragaperras. El chico se lleva una bronca de la camarera, que tiene por norma no financiar la ludopatía ajena, y menos si ya se debe algo, pero ya no se puede hacer nada.
Por desgracia, el viernes ella tampoco puede trabajar en ese turno, aunque hubiera dado igual dado que el hombre no aparece. Sin embargo, el lunes siguiente ella sí está y, cuando el tipo entra y pide su café, le pregunta si tiene para pagarlo todo y el tipo afirma con la cabeza, sacando un montón de monedas y comenzando a contar.
—Que sepas que estoy en paro y he abierto la hucha sólo para pagarte —dice finalmente,   como si estuviera haciéndole un favor, mientras pone sobre la barra lo suficiente para pagar dos cafés y quedándose con veinte céntimos en la mano.
—Esos veinte céntimos también me los tienes que dar. Te recuerdo que los pediste prestados el otro día.
—Ups. Se me había olvidado —se hace el loco, añadiendo con renuencia lo que falta—. Las pedí para la tragaperras.
—Ya me lo dijeron —responde ella fulminándole con la mirada, lo que seguramente evita que le pida prestado algo para echarlo a la máquina.

Señoras

Dos señoras muy peripuestas se asoman a la puerta del Críper.

—¡Que quiero entrar al baño! —dice una de ellas, con tono grosero, cuando la camarera mira. Ella responde lo de siempre, que el baño es sólo para clientes—. ¿Y qué quieres, que me mee en la calle? —grita.

—Esto no es un baño público —la camarera se lo intenta tomar con calma, pero si hay algo que soporte menos que a los caraduras es a los maleducados.

—Ah, no, no, no —dice la amiga de la que se mea, con prepotencia—. Mi hijo viene aquí de vez en cuando a tomarse algo, así que tienes que dejar pasar a mi amiga —la camarera se las queda mirando, alucinando y conteniendo la risa por la estupidez que acaba de decir—. Sí, sí. Es un chico alto y calvo.

—Pues mire, señora, no le conozco, y como comprenderá ese argumento no me sirve.

—Vale, vale. Pues un día de estos, ya verás, pasaré por la puerta con él para que veas que es mi hijo. —Se exalta, hace unos pocos aspavientos más y ambas se marchan refunfuñando.