Señoras

Dos señoras muy peripuestas se asoman a la puerta del Críper.

—¡Que quiero entrar al baño! —dice una de ellas, con tono grosero, cuando la camarera mira. Ella responde lo de siempre, que el baño es sólo para clientes—. ¿Y qué quieres, que me mee en la calle? —grita.

—Esto no es un baño público —la camarera se lo intenta tomar con calma, pero si hay algo que soporte menos que a los caraduras es a los maleducados.

—Ah, no, no, no —dice la amiga de la que se mea, con prepotencia—. Mi hijo viene aquí de vez en cuando a tomarse algo, así que tienes que dejar pasar a mi amiga —la camarera se las queda mirando, alucinando y conteniendo la risa por la estupidez que acaba de decir—. Sí, sí. Es un chico alto y calvo.

—Pues mire, señora, no le conozco, y como comprenderá ese argumento no me sirve.

—Vale, vale. Pues un día de estos, ya verás, pasaré por la puerta con él para que veas que es mi hijo. —Se exalta, hace unos pocos aspavientos más y ambas se marchan refunfuñando.

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