Tacaño

El hombre algo maloliente entra al Críper y pide un café. Y otro azucarillo, y un vaso de agua, y otro vaso de agua. Se queda como una hora en el local viendo la tele y haciendo ruiditos molestos, tras lo cual se mete un buen rato en el baño. Cuando al fin decide pedir la cuenta entrega a la camarera un puñado de monedas. Ella lo cuenta sin protestar, vuelve a recontar y le dice al hombre que faltan tres céntimos.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué? Que me los des.
—Menuda rata, por tres miserables céntimos.
—Ya, pero son míos —responde ella tranquilamente. Sólo faltaba que el molesto hombrecillo no pagara todo lo que debe. Ni siquiera es un habitual.
Él coge de nuevo el montón de monedas y rebusca los mete en su monedero, tras lo cual saca la cartera de la que saca un billete de veinte euros, mientras recita todos los sinónimos de tacaño que se le ocurren. Antes de cogerlo, la camarera advierte que tiene muchos más billetes, algunos incluso de cien. Se abstiene de comentar quién es el rata y se limita a cobrar, devolviéndole las sobras en el platito habitual.
—¿No esperarás que te de propina encima?
—Dios me libre —responde ella—. Me conformo con que no me racaneen parte de lo que se me debe.
El tacaño se marcha indignado y la camarera pone los ojos en blanco.
Le tenía que haber cobrado el azucarillo extra, piensa.

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