Archivos Mensuales: mayo 2014

El misterioso señor de la boina

El señor de la boina entra al Críper y, cuan pastor en medio del monte, grita, como todas las semanas:

—¡Qué! ¿Ya tan engañao?

La camarera, que hace tiempo ha renunciado a explicarle que ese es su turno desde hace años y que no es como si estuviera haciendo horas extra o algo por el estilo, se encoge de hombros como respuesta y le sirve el solysombra de costumbre.

—Y el jefe qué, ya ta durmiendo el jodio cabrón, ¿no? —ella vuelve a encogerse de hombros, como si no lo supiera—. Qué bien vive el condenao —finaliza, bebiendo de un trago la copa y poniendo el dinero sobre la barra.

Cuando regresa la camarera con el cambio, continua con sus frases de siempre.

—Buah, pos hace que no le veo… nunca tá cuando bajo. Tú dile que he tao aquí ¿eh?

Y se va, de nuevo sin decir su nombre, ni de dónde es, ni dar ninguna pista para que el jefe pueda por fin saber quién es.

Aguante

Dos sudamericanos entran al Críper. Uno está tan borracho que se tambalea, y tras las gafas de sol del otro se puede apreciar la mirada del que se sobrevalora en exceso y disfruta vacilando a la gente. Aunque desde el primer momento la camarera sabe que le van a dar problemas, les pone las cañas que piden y se va a la otra punta del local para evitar los comentarios groseros del borracho, que se cree que tendrá éxito en sus intentos de ligar con ella.
No tiene más remedio que prestarles atención cuando el de las gafas pide otra caña para su amigo, que se quedará allí mientras va a recoger a alguien, y tiene la mala suerte de que se acaba la cerveza del barril y empieza a salpicar justo cuando el borracho reanuda su ridícula ofensiva. Dado que la caña tiene más de la mitad de espuma lo vuelve a intentar, con el mismo resultado.
—¿Qué, nerviosa? —pregunta el de las gafas, convencido de que su colega va a llevarla al huerto.
—No. Que no va ¿o no lo ves?
—Nada, nada. Si mi amigo tiene todo el tiempo del mundo.
—No hay nada que hacer con el grifo —dice ella ignorando el tonito—. Le pongo un botellín y punto.
—¿Y cuánto vale?
—Lo mismo.
—No, la caña esa que has tirado —señala la copa, cuyo contenido empieza a estabilizarse un poco.
—¿Qué va a valer? Pues lo mismo.
—No, no. Pónmela. Pero a cuenta de la casa.
—Que te lo crees tú.
—Anda, ¿y por qué?
—Porque yo aquí no invito a nadie —responde ella secamente—. Y a vosotros menos.
—Pero ¿por qué dices eso?
—Porque me da la gana. Y no hay más que hablar —añade, antes de volver a su sitio.
El de las gafas se va al rato y el borracho comienza a decir en un tono molestamente alto:
—Pero qué guapa eres, tan blanca, tan linda.
Se tira así unos minutos, hasta que la camarera se cansa.
—Bueno, ya. Ya lo has dicho, y ahora te callas.
—¿Que ya lo he dicho? —pregunta él, desconcertado.
—Sí, como veinte veces. Ahora déjame en paz.
—A ti te pasa algo.
—Sí, me pasa, claro que me pasa —se harta ella—. Me pasa que tengo poco aguante para las gilipolleces y tu amigo y tú habéis llenado el cupo hace mucho.
—No, lo que te pasa es que tienes un problema mental. Muy guapa, sí, pero mira cómo te pones cuando te hacen un cumplido. Pero como eres preciosa, tan blanquita, te lo perdonan siempre, ¿eh?
—¿Tú sabes que seguir insistiendo cuando la mujer te ha dicho que lo dejes es acoso sexual, so payaso?
—Pues me voy.
—Págame antes —el borracho lanza una tarjeta de crédito sobre la barra—. Sólo aceptamos efectivo.
—Pues me voy a un cajero.
—Antes me dejas algo —le ordena ella, sabiendo que, si no, no vuelve.
—¿Pero por qué?
—Porque no me fío de ti. Así que ya estás dejando la chaqueta o el móvil o algo.
Él deja la chaqueta encima de la barra y la camarera la mete dentro.
—¿Pero qué haces? Déjala ahí.
—Sí hombre, se mancha o algo y la culpa es mía. Se queda dentro y cuando vuelvas con el dinero te la doy.
El borracho se larga y no aparece hasta tres cuartos de hora después con su amigo y una española.
—Dice mi colega que le has robado la chaqueta —suelta el de las gafas.
—Pagadme y os la devuelvo.
Los dos miran a la chica, que pone los ojos en blanco y le tiende a la camarera un billete de veinte.
—Toma, cóbrate esas y otras tres.
La camarera así lo hace y pregunta a la chica qué quiere de picar.
—Muy guapa, pero una bruja —dice el borracho.
—Quiero jamón —exige a la par el de las gafas.
—No tenemos jamón.
—Ah, o sea que me lo ofreces y luego no me lo quieres dar.
—Está loca —sigue el borracho—. Pero es tan blanca…
—La he ofrecido a ella algo de picar —dice la camarera, remarcando mucho los femeninos—. Y de picar hay lo que ves, no lo que se te antoje.
—Vale, vale. Pero no te enfades.
—Es que está loca —dice el otro.
La camarera se limita a lanzarles a los tres una mirada significativa y la chica, que ve que les van acabar echando del local, les intenta llevar a una mesa, roja como un tomate. Aun así, no puede evitar que le lleguen a la camarera los “Qué guapa, qué bruja, qué blanca, qué loca” de su amigo borracho.
Finalmente, la chica, abochornada, decide sacarles del local. El borracho se libra de ella un momento y vuelve al bar.
—Gracias por tu amabbb amabilidad. Vete a tomar por culo —su amiga le vuelve a arrastrar fuera—. ¿Te puedes creer que no ha querido que le hiciera cumplidos, la muy loca? —grita antes de quele lleven bien lejos.