Archivos Mensuales: junio 2014

El cigarrillo diario

El hombre entra todos los días al Críper, se pide un botellín, se lo bebe a toda prisa y, cuando paga y recibe el cambio, dice:

—Pásame un cigarrillo, haz el favor. Están ahí, al lado de las libretas.

La primera vez que se lo pidió, la camarera se quedó mirándole como si estuviera loco. Pero, tras comprobar que efectivamente el paquete es suyo, ya se ha acostumbrado. Le da el paquete, para que coja el que prefiera, y lo devuelve a su sitio. Cuando se acaba, el hombre compra otro de la máquina y ella lo pone donde estaba el anterior.

De vez en cuando se explica. Lo está dejando junto a su pareja y ella no le deja tener el paquete en casa, pero se ve incapaz de renunciar al de después del trabajo. El Críper es su solución.

La camarera no tiene ningún inconveniente. Sólo espera que, cuando lo deje definitivamente, no deje de ser cliente.

El alcohol

Un hombre bastante guapo entra al Críper y pide un botellín. Aunque no sabe si lo ha pronunciado tan mal porque es extranjero, porque está borracho o por ambos motivos, la camarera se lo pone. Pronto se da cuenta de que se trata de la última opción, pero ya es tarde y él ha entrado en modo desahogo.
Le dice que no encuentra trabajo, que ha vivido en muchos sitios, que le gusta mucho España porque aquí sabemos divertirnos y hay mucha juerga y por eso da igual que no haya trabajo. Ella aguanta su aburrido monólogo, estoica, hasta que ve a alguien en la calle y hace aspavientos. La mujer a la que llama, una española, entra en el local hecha una furia.
—¿Qué? ¿Ya estas con estas mierdas? —le quita el botellín y se lo aleja—. Te lo gastas todo en alcohol y luego no tienes dinero. ¡Pues no te lo consiento! ¿Me oyes?
—Te estaba esperando.
—Pues me esperas sin beber, borracho de mierda. ¿No eres moro? Pues te tomas un té o un café. ¿Pero tú te has visto? No vienes al colegio así ¿me oyes? Tú no ves a nuestro hijo en estas condiciones. Lo que tendrías que hacer es buscar trabajo y no gastarte lo poco que tienes en un puto bar.
—Venga, relaja y tómate algo.
—Que no, ¿qué cojones te crees? ¡Para tomarme algo contigo, y luego la culpa de no tener dinero es mía, no te jode! Y pretenderás que pague yo…
—No, si tengo.
—Vete a tomar por culo —finaliza ella, marchándose airada. Él se queda y pide a la camarera que le devuelva su botellín. Cuando la ve beber un vaso de agua, dice:
—Tú agua, ¿no? Y alcohol a veces, ¿no?
—No. No me gusta.
—Qué bien, haces bien. ¿Tienes novio?
—Sí.
—Pues tiene mucha suerte de que no bebas alcohol. El alcohol ha roto mi matrimonio. Y nos llevamos bien, pero por culpa del alcohol estamos separados y nos vamos a divorciar. Así que tu novio tiene mucha suerte, porque no bebes alcohol. ¿Vives por aquí? Dime dónde, para que pueda ir a verte —le dedica una sonrisa que sin duda tiene mucho éxito con las mujeres, pero que pierde bastante con los ojos medio desenfocados y la falta de coordinación propios del alcohol. De todos modos, ella no se ha dejado engatusar nunca por los ridículos truquitos de la gente guapa, tanto menos si son clientes, y mejor ni hablar si van borrachos a las cuatro de la tarde.
—No.
—Venga, por favor.
—No.
—¿Ni siquiera de lejos?
—No.
—Ah. ¿Estás siempre en este turno?
—No.
—¿Y la semana que viene estarás? Quiero verte.
—No.
Por suerte, tras unas cuantas preguntas con respuesta negativa más, y ante la amenaza del supuesto novio que vendrá en cualquier momento, desiste, paga y se va, tambaleándose.