Archivos Mensuales: octubre 2014

Lotería

Es una de esas tardes en las que no parece haber nadie por la calle y la camarera está muy aburrida, así que se alegra cuando por fin entra un hombre. Le saluda pero él no responde. Sin dejar de mirar hacia la barra, la rodea y, al llegar a la puerta del baño, da la vuelta y hace el recorrido a la inversa sin dejar de mirar a la barra.

—¿Qué pasa? ¿Que ya no tenéis lotería de Navidad o qué? —pregunta al fin, con tono enfadado.

—Nunca hemos tenido —responde ella, alucinando.

—¡Y una mierda que no! Yo una vez compré aquí lotería de Navidad.

—Si lo hizo, fue hace muchos años.

—¿Me estás vacilando?

—¿Me está vacilando usted a mí? —contesta la camarera.

—Cagüendiós, me vas a decir tú a mí dónde he comprado lotería yo.

—Aquí, desde luego, no. Y si no quiere nada más, ya se está largando.

El hombre se larga refunfuñando y, poco después, casi como si se hubieran coordinado, entra un viejecito que agitando media docena de décimos, dice:

—Ya me quedan pocos, son el trece, ¿no quiere uno?

—Lo siento, pero no juego.

—¿Y para el bar?

—No, no de verdad.

Él se marcha y la camarera vuelve a quedarse sola. Al rato, el primer hombre se asoma por la ventana, pero no entra de nuevo.

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Personal e intransferible

Dos tipos con bastante mala pinta llevan ya una hora haciendo el payaso frente al Críper. Como era de esperar, uno de ellos acaba por entrar para preguntar si puede ir al baño.

—Sólo para clientes.

—Soy cliente, vengo a menudo —responde.

—No eres cliente. No estás consumiendo nada y no lo has hecho recientemente —explica la camarera, aburrida de tener que repetir las mismas fórmulas para ahuyentar a los gorrones casi a diario.

—Vale, pues ponme un pacharán.

—Vale, pues me lo pagas antes.

—Voy al baño y luego te lo pago.

—No —ella endurece su tono—, lo pagas y luego si quieres entras.

—¿Qué pasa? ¿No te caigo bien?

—No te conozco. No me caes.

—Pues debes ser nueva, porque esa actitud que tienes es horrible.

—Llevo aquí muchos años —se cruza de brazos—, y precisamente por eso sé que, si no me lo pagas ahora, no me lo pagas.

—Pero yo soy especial.

—Si fueras especial, hubieras pedido el pacharán y lo hubieras pagado desde el principio en vez de intentar liarme para entrar gratis al baño.

Al final él comprende que ninguna maniobra le va a servir y paga. Pero vuelve a la carga cuando la camarera le pone la copa.

—Me has echado muy poco.

—Te he echado lo que entra en una copa. Ni más ni menos.

—Pues échame más.

—Pues el licor extra me lo pagas.

—Bueno, vale, no me eches más —suspira y, bebiéndoselo de un trago, como si fuera agua, se larga. Los dos tipos desaparecen un buen rato de la vista y pasa otra media hora. Por supuesto, al otro también le entran las ganas y vuelve al Críper para preguntar si puede entrar al baño.

—Sólo para clientes.

—Mi amigo ha estado hace un rato —protesta.

—Y tu amigo ha entrado una vez pagó. Pero dado que la condición de cliente es personal e intransferible, si quieres entrar al baño tendrás que convertirte en uno.

—Pero no tengo dinero.

—Mala suerte. —contesta ella con sequedad. Se le agota la paciencia.

—No es justo —dice mientras sale por la puerta por fin. Le ve entrar en el bar de enfrente y salir apenas unos segundos después. Finalmente, desaparece de la vista, esta vez para no volver.