Lotería

Es una de esas tardes en las que no parece haber nadie por la calle y la camarera está muy aburrida, así que se alegra cuando por fin entra un hombre. Le saluda pero él no responde. Sin dejar de mirar hacia la barra, la rodea y, al llegar a la puerta del baño, da la vuelta y hace el recorrido a la inversa sin dejar de mirar a la barra.

—¿Qué pasa? ¿Que ya no tenéis lotería de Navidad o qué? —pregunta al fin, con tono enfadado.

—Nunca hemos tenido —responde ella, alucinando.

—¡Y una mierda que no! Yo una vez compré aquí lotería de Navidad.

—Si lo hizo, fue hace muchos años.

—¿Me estás vacilando?

—¿Me está vacilando usted a mí? —contesta la camarera.

—Cagüendiós, me vas a decir tú a mí dónde he comprado lotería yo.

—Aquí, desde luego, no. Y si no quiere nada más, ya se está largando.

El hombre se larga refunfuñando y, poco después, casi como si se hubieran coordinado, entra un viejecito que agitando media docena de décimos, dice:

—Ya me quedan pocos, son el trece, ¿no quiere uno?

—Lo siento, pero no juego.

—¿Y para el bar?

—No, no de verdad.

Él se marcha y la camarera vuelve a quedarse sola. Al rato, el primer hombre se asoma por la ventana, pero no entra de nuevo.

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