Archivos Mensuales: abril 2015

¡Cliente tú!

La camarera está charlando con dos clientes habituales cuando un sudafricano entra al Críper y dice:

-Baño, baño.

-Solo para clientes -responde ella, negando con la cabeza.

-Baño, baño.

-Solo. Para. Clientes.

-¡Cliente tú! -grita-. ¡Baño!

-No. Solo para clientes. Largo -ordena, tajante, la camarera, señalando la puerta.

-¡Cliente tú! -repite él con cara de malas pulgas. Los dos clientes hacen amago de levantarse para echarle a la fuerza y finalmente sale por la puerta, gritando lo que seguro son insultos y haciendo gestos claramente amenazantes, dando a entender que si encuentra oportunidad rajará el cuello a la camarera. Sigue en las mismas cuando pasa por la ventana en dirección al bar de al lado, que está cerrado, y vuelve a pasar haciendo gestos cuando se dirige al bar de enfrente donde, por alguna razón inexplicable, le dejan pasar. Cuando sale persiste su comportamiento, hasta que se reúnen con él sus colegas y, tras un último gesto de amenaza, se largan.

-Hay que joderse -comenta uno de los clientes-. ¡Y luego me dicen que por qué soy racista!

La camarera prefiere no responder a ese comentario y cambia de tema.

La amiga especial

Un viejecito juega incansable a la tragaperras, aunque esta no está muy por la labor de darle premios. De pronto, ve pasar a una cubana por delante y la llama. La mujer entra sonriente y deja que la invite a un café. Pasan un buen rato juntos, jugando a la máquina y riéndose, mientras la camarera pasa el rato en el otro lado del bar, leyendo un clásico literario a la espera de que entren clientes o que los que hay dentro del local pidan alguna otra cosa.
Al rato, la cubana se marcha y el viejecito pide a la camarera que le cobre lo que ha consumido.
-Es una amiga especial -comenta el hombre, aunque ella ha mantenido una expresión neutra todo el rato; tampoco le importa demasiado, a decir verdad-. Tú ya me entiendes. Trabaja en un puticlub del polígono y no gana una mierda. Yo le he dicho que se venga conmigo, pero no quiere. Allá ella, pero estará mejor solo conmigo que con todos esos mamarrachos. -La camarera se encoge de hombros-. Es que uno, aunque sea viejo, tiene sus necesidades. Tenía otra amiga ucraniana, pero se volvió a su país y ahora no puede venirse otra vez.
El viejecito sigue hablándole un rato sobre el tema y finalmente se marcha, quizás al ver que la camarera no parece estar horrorizada. Pero es que ella, en el bar, ya ha visto y oído de todo. Además, tampoco es que le importe demasiado con quién se acuesten sus clientes, mientras paguen y no den demasiado la brasa.