La amiga especial

Un viejecito juega incansable a la tragaperras, aunque esta no está muy por la labor de darle premios. De pronto, ve pasar a una cubana por delante y la llama. La mujer entra sonriente y deja que la invite a un café. Pasan un buen rato juntos, jugando a la máquina y riéndose, mientras la camarera pasa el rato en el otro lado del bar, leyendo un clásico literario a la espera de que entren clientes o que los que hay dentro del local pidan alguna otra cosa.
Al rato, la cubana se marcha y el viejecito pide a la camarera que le cobre lo que ha consumido.
-Es una amiga especial -comenta el hombre, aunque ella ha mantenido una expresión neutra todo el rato; tampoco le importa demasiado, a decir verdad-. Tú ya me entiendes. Trabaja en un puticlub del polígono y no gana una mierda. Yo le he dicho que se venga conmigo, pero no quiere. Allá ella, pero estará mejor solo conmigo que con todos esos mamarrachos. -La camarera se encoge de hombros-. Es que uno, aunque sea viejo, tiene sus necesidades. Tenía otra amiga ucraniana, pero se volvió a su país y ahora no puede venirse otra vez.
El viejecito sigue hablándole un rato sobre el tema y finalmente se marcha, quizás al ver que la camarera no parece estar horrorizada. Pero es que ella, en el bar, ya ha visto y oído de todo. Además, tampoco es que le importe demasiado con quién se acuesten sus clientes, mientras paguen y no den demasiado la brasa.

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