Archivos Mensuales: mayo 2015

Alien

Nada más verle entrar, la camarera percibe las ganas de hablar del tipo. Y, efectivamente, en cuanto le pone el café empieza a decir:

-Yo vengo de un planeta lejano. Me lanzaron en una sonda y caí en pleno océano Atlántico. Luego nadé hasta llegar al polo norte. Pasé ahí un largo tiempo, por suerte habían adaptado nuestros cuerpos para que sobrevivieran durante tres años sin comida ni aire. Entre tanto, me fui mutando hasta que conseguí esta forma y así logré quitarme por fin mi respirador, porque vuestra atmósfera era irrespirable para mí. Y luego empecé a ir hacia el sur y aquí estoy. Ahora estoy en la universidad, estudiando, ¿sabes?

-Eh… ajá -responde la camarera, alucinando.

-¿No vas a decir nada más? -pregunta el tipo, poniendo una mueca extraña.

-Esto… no… -dice ella-. Bueno, sí. El café es uno veinticinco.

El aspirante a marciano se la queda mirando y, cuando ella empieza a considerar coger el palo por si las moscas, deja el dinero justo en la barra y se marcha.

A gatas

Un hombre entra al Críper y pide un café. Tras bebérselo, entra al baño. La camarera sigue a lo suyo, luego se acerca a retirar el vaso vacío y algo por el rabillo del ojo llama su atención: el tipo está gateando hacia la puerta, seguramente con la intención de escabullirse sin pagar disimuladamente.

-Págame -ordena la camarera.

-Es que… me quedo sin pasta para el metro -se excusa, aún en el suelo.

-No es mi problema. Te lo hubieras pensado antes de pedir el café -responde ella, inflexible.

El hombre se levanta del suelo y le tiene con cara de pena una moneda de dos euros. Evidentemente, no conmueve en lo más mínimo a la joven, que está más que harta de los gorrones.

-Hala, macho. No te preocupes por el metro -dice, tendiéndole el cambio-. Con esto tienes para la mitad del billete. Ya que te gusta tanto gatear, te pones a hacerlo en la entrada de la estación y lo mismo algún buen samaritano pica y te da la otra mitad. Conmigo, desde luego, no cuentes.

Él recoge el cambio con cara de ofendido y se larga, altivo, y la camarera le observa, desconcertada por los extremos a los que llegan algunos por ahorrarse un euro veinticinco.