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Adiós y hasta luego

Un viejecito entra al Críper y la camarera le da conversación durante horas. Cuando por fin decide marcharse, dice:

-Bueno, ha sido un placer ¡hasta luego!

-Adiós -responde la camarera, como siempre.

El viejecito se pone tenso y se da la vuelta para preguntarle a la camarera, indignado:

-¿Por qué me dices “adiós”? ¿Es que quieres que me muera?

-Eh… Es una despedida como otra cualquiera -comenta la camarera, desconcertada.

-Si dices “adiós” me estás mandando con Dios. Tienes que decir “hasta luego” para indicar que volveremos a vernos -le gruñe el abuelo.

-“Hasta luego” solo se usa cuando vas a ver a la persona dentro del mismo día -explica la camarera-. Y usted hasta mañana no vuelve.

-Pues me da igual, ¡tienes que decirme “hasta luego”! ¡Hasta luego! -se despide de nuevo.

-Adiós -dice ella, automáticamente. El viejo se vuelve a girar, indignado, y ella se encoge de hombros-. Es la costumbre. Hasta luego.

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Cagón maleducado

Un tipo con pinta de guarro entra en el Críper y se mete directo al baño, sin darle opción a la camarera para decirle que es solo para clientes. El tipo se pasa más de un cuarto de hora en los servicios y tira de la cadena alrededor de ocho veces, tras lo cual sale del baño y se dirige a la puerta.
-¡Eh! ¿Dónde crees que vas? -le dice la camarera. Él señala a la puerta-. ¿Tú sabes leer? -Asiente-. Pues lee lo que pone en el cartel de la puerta y en el que hay según has entrado.
-Los baños son exclusivamente para clientes -lee el tipo.
-Pues eso, o consumes algo y lo pagas o me das cincuenta céntimos por usar el baño -dice la camarera. No tiene inconveniente en dejar entrar al baño bajo ciertos supuestos, pero el hombre no solo ha sido un maleducado, sino que para colmo ha estado haciendo uso de luz, agua y papel como si fuera ocho personas en vez de una… y seguramente haya dejado el baño hecho un asco. La peste, desde luego, comienza a extenderse por el local por más que haya tirado de la cadena.
-Sí, hombre -protesta.
-Es lo que cuesta en cualquier estación o lugar público y aquí está más limpio y pasa menos gente -se mantiene firme la camarera.
Él la fulmina con la mirada pero, como ella no recula, saca un monedero y pone sobre la mesa treinta céntimos.
-Faltan veinte céntimos.
-No me jodas.
-Eso digo yo. Tu monedero está abultado, seguro que tienes -responde ella, tranquila.
Finalmente, el tipo pone sobre la barra un montón de monedas de céntimo y la camarera las cuenta.
-Esta es tuya -dice al final, tendiédole una moneda de céntimo, que es la única que sobraba. Él la coge con rabia y se larga.
Desde entonces, cada vez que pasa frente al Críper, el cagón maleducado le hace un corte de manga a la camarera. No ha vuelto, eso sí, a gorronear el baño del bar, así que ella, cada vez que ve el gesto, sonríe y le saluda como si nada, para que no le entren tentaciones de volverlo a hacer.

El teléfono

Dos hombres entran al Críper. La camarera de siempre no está y la sustituye su madre, lo cual extraña a los hombres.

-Es que ha encontrado un trabajo de lo suyo -dice la madre.

-Ay, qué pena. Era tan guapa, parecía una modelo -dice uno.

-Hala, exagerado -dice el otro.

-Es que tú no la has visto. Tan blanca, pelo largo, ojos preciosos, y esa sonrisa… Pero claro, mírame -se señala-, a ver quién le dice nada a una tía como esa.

-Pues mi hija no es de las que se fijan en el físico -comenta la madre.

-Ya, si un día hablando me lo dijo, que prefiere una conversación buena a un buen cuerpo, pero no sé, no me atreví a pedirle el teléfono. ¿No me lo podría dar usted?

-No -responde la madre-. Como comprenderás, eso es algo privado que tiene que darte ella.

-Ya, pero yo no la voy a volver a ver.

-Mala suerte -responde la madre.

Los dos hombres se van y, por la noche, la madre se lo comenta a su hija.

-Pues ni idea, no sé quién es -responde ella-. Como todos intentaban ligar conmigo…

-No sé, hija, parecía majo pero eso de que me pregunte a mí por tu teléfono me pareció un poco…

-Siniestro -acaba la hija-. Además, si no tuvo agallas de pedírmelo y yo ni siquiera me acuerdo de él… Definitivamente no es mi tipo.

Todo de marca

Una mujer entra al Críper y se pide un café. Rebusca en su bolso de marca y va sacando más artículos de marca, sin olvidar susurrarle a la camarera qué modelo es cada cosa y lo caro que es, mientras la joven sonríe y asiente aunque le importe un pimiento: las marcas no le dicen nada y, además, esa mujer es de las que, por mucho que lleven miles de euros puestos, entre ropa y complementos, siguen pareciendo unas chonis.

Por fin saca el teléfono y se pone a charlar un rato. Luego, cuando su interlocutor se cansa de ella, cuelga el teléfono y se vuelve a la camarera. La acecha hasta que puede pillarla por banda y empieza a hablar de que tiene un apartamento precioso y muy caro, con unos muebles de diseño muy caros y unas obras de arte carísimas que son una inversión y que se van a revalorizar.

La camarera, aburrida pero sin escapatoria, sigue escuchando hasta que entra otro cliente y puede por fin librarse. Al ver que su última oyente no parece por la labor de volver por su zona porque ha empezado una conversación en otra parte, pide que le cobre.

-Ay, ¡a que ahora no voy a tener! -rie la mujer.

-Pues tendrás que dejar algo en prenda -responde la camarera. No sabe por qué no le sorprende.

-¡Pero si lo más barato que yo llevo vale veinte veces más de lo que te debo! -protesta, con tono ofendido.

-Si así es, te darás prisa por volver y pagarme el café -dice la camarera. Cuando comprende que habla en serio, la mujer comienza a rebuscar en su bolso, frenética, y por fin encuentra una moneda de dos euros. Se la entrega a la camarera y se marcha aferrando su bolso como si, en cualquier momento, la envidiosa chica que hay tras la barra fuera a robarle alguna de sus preciosas posesiones de marca.

Bolas chinas

Una mujer entra al Críper y pregunta, como desesperada:

-¿Tienes un enchufe en el que pueda cargar el móvil? Es que es urgente.

La camarera asiente y ella se pide un tercio, saca el enchufe y se encajona con un taburete entre la tragaperras y la máquina de tabaco. No para de teclear y de hacer llamadas hasta que, una hora después, la camarera le dice:

-Oye, disculpa pero una cosa es que tengas una emergencia y necesites el enchufe y otra es abusar.

-Ah, sí, perdona. Como no estoy acostumbrada a beber tercios… Pero bueno, dame otro -responde, y sigue enganchada al teléfono. Hace una larga llamada, bastante acalorada y una hora después, cuando la camarera está dispuesta a llamarle de nuevo la atención, cuelga el móvil furiosa y pide a la camarera otro tercio.

-Era mi ex. Le he dado puerta hace una semana -le cuenta. Por su tono, la camarera sabe que toca resignarse a escuchar un largo monólogo: le va a contar su vida en verso y prosa-: Me dejó embarazada a los diecisiete y, veinte años después, hemos vuelto. Esos veinte años estuvo con una zorra a la que le gustaba darle por el culo, luego volvió conmigo porque la zorra no me llegaba a la suela de los zapatos. Era una vulgar, de esas que te montan el pollo en plena calle, no me llegaba a la suela de los zapatos.

-Ajá -responde la camarera, al quedarse la mujer mirándola en espera de un comentario.

-Pues bien, la semana pasada me harté de él y le he dado puerta. Que es un desgraciado. Yo tengo a un tío rico, detallista, que está detrás de mí. Tiene tres coches, tres, no como el otro, que no tiene donde caerse muerto. Pero no me hace tilín como ese desgraciado, ¿sabes? -Pega otro trago al tercio.

-Claro.

-Pero es que el desgraciado, ya le he dicho: <<Tú ni para el sexo vales>>. Porque él solo aguanta uno, y si acaso. Claro, como le gustaba dar por culo a la otra, y yo le he dicho que nanai… Además, mi vagina está más apretada que el culo de esa zorra. Que he dado a luz, pero le he dado mucho a las bolas chinas. Tanto que me pasé y ahora como mucho me pueden meter una de tamaño estándar. Pero vamos, que para hacerlo con el desgraciado uso el consolador que llevo en el bolso, ¿quieres verlo?

-Eh… no.

La mujer, que por fin se ha dado cuenta de que ha estado contándole su vida sexual a una desconocida a la que le importa un carajo, enrojece, le paga los tercios y se marcha, un poco tambaleante.

A gatas

Un hombre entra al Críper y pide un café. Tras bebérselo, entra al baño. La camarera sigue a lo suyo, luego se acerca a retirar el vaso vacío y algo por el rabillo del ojo llama su atención: el tipo está gateando hacia la puerta, seguramente con la intención de escabullirse sin pagar disimuladamente.

-Págame -ordena la camarera.

-Es que… me quedo sin pasta para el metro -se excusa, aún en el suelo.

-No es mi problema. Te lo hubieras pensado antes de pedir el café -responde ella, inflexible.

El hombre se levanta del suelo y le tiene con cara de pena una moneda de dos euros. Evidentemente, no conmueve en lo más mínimo a la joven, que está más que harta de los gorrones.

-Hala, macho. No te preocupes por el metro -dice, tendiéndole el cambio-. Con esto tienes para la mitad del billete. Ya que te gusta tanto gatear, te pones a hacerlo en la entrada de la estación y lo mismo algún buen samaritano pica y te da la otra mitad. Conmigo, desde luego, no cuentes.

Él recoge el cambio con cara de ofendido y se larga, altivo, y la camarera le observa, desconcertada por los extremos a los que llegan algunos por ahorrarse un euro veinticinco.

Bronca

La camarera mira el reloj, apesadumbrada. Todavía queda una hora hasta que acabe su turno, y no parece que vaya a haber clientes, aparte del tipo que lleva tres horas echando dinero a las tragaperras y bebiendo un tercio tras otro. Ha perdido la cuenta de cuántos se ha tomado. Cinco o seis mínimo.

Entran entonces una pareja de rumanos con un bebé. Ella pide un zumo de melocotón y lo paga con un billete de cincuenta mientras él entra al baño. Cuando la camarera, tras comprobar que no es falso y cobrar, va a darle a ella el platito con el cambio, él le exige que se lo entregue. A la camarera le da igual a quién dárselo, pero lo que sí le molesta es que el tipo le pida que cambie el billete de veinte por dos de diez mientras se mete el otro billete de veinte en el bolsillo. Aun así no quiere bronca, así que accede.

Mientras se gira hacia la caja, el borracho de la tragaperras y el rumano se ponen a insultarse desde la distancia. Cuando la camarera le da los dos billetes de diez, el rumano coge el platito y hace un gesto de sorpresa:

-Un momento, ¿cuánto cuesta el zumo?

-Dos euros -responde la camarera.

-En el chino cuesta setenta y cinco céntimos..

-Pues os hubiérais ido al chino.

-¿No nos lo puedes rebajar a un euro?

-Pues no -le corta ella.

-Entonces no lo queremos -dice, tendiéndole el zumo sin abrir y el platito con el dinero. Faltan, por supuesto, los veinte euros que el tipo se ha metido en el bolsillo.

-Los veinte euros -exige la camarera. Aunque no tendría por qué aceptar la devolución, no han abierto el zumo y tienen suficiente mala pinta como para temer reacciones violentas si no accede.

-No sé, no entiendo.

-Que no te voy a devolver el billete de cincuenta a cambio de un platito con veintiocho euros. Así que dame el billete de veinte también o ya te estás largando.

El rumano sigue fingiendo no entender, pero entonces el de la tragaperras explota:

-Que dejes de intentar estafar a la chica, rumano de mierda. Que se ha dado cuenta. Dale el puto billete y lárgate de una vez, joder.

El rumano le da a la camarera el billete de veinte y ella, tras comprobar que no es falso, le devuelve el de cincuenta. La mujer rumana pregunta entonces cuánto vale una botella de agua y la camarera responde que un euro. Ella paga la botella con un billete de cinco, lo que cabrea a la camarera aún más. Y lo peor es que, cuando va a darle el cambio, se encuentra con que tanto el rumano como el de la tragaperras están en pose de gallitos, a punto de llegar a los puños e intercambiando insultos cada vez más furiosos.

-¡A pelear a la calle los dos! -grita la camarera, completamente furiosa. No le hacen ni caso, y tiene que hacer amago de llamar a la policía para que la mujer del rumano empiece a arrastrarle hasta la calle. El de la tragaperras se queda, pero sigue insultando al rumano al menos durante los cuarenta y cinco minutos siguientes. Luego, por suerte, llega el relevo y, tras avisar al compañero de que no le ponga ni un tercio más, se larga de muy mal humor.