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Adiós y hasta luego

Un viejecito entra al Críper y la camarera le da conversación durante horas. Cuando por fin decide marcharse, dice:

-Bueno, ha sido un placer ¡hasta luego!

-Adiós -responde la camarera, como siempre.

El viejecito se pone tenso y se da la vuelta para preguntarle a la camarera, indignado:

-¿Por qué me dices “adiós”? ¿Es que quieres que me muera?

-Eh… Es una despedida como otra cualquiera -comenta la camarera, desconcertada.

-Si dices “adiós” me estás mandando con Dios. Tienes que decir “hasta luego” para indicar que volveremos a vernos -le gruñe el abuelo.

-“Hasta luego” solo se usa cuando vas a ver a la persona dentro del mismo día -explica la camarera-. Y usted hasta mañana no vuelve.

-Pues me da igual, ¡tienes que decirme “hasta luego”! ¡Hasta luego! -se despide de nuevo.

-Adiós -dice ella, automáticamente. El viejo se vuelve a girar, indignado, y ella se encoge de hombros-. Es la costumbre. Hasta luego.

Todo de marca

Una mujer entra al Críper y se pide un café. Rebusca en su bolso de marca y va sacando más artículos de marca, sin olvidar susurrarle a la camarera qué modelo es cada cosa y lo caro que es, mientras la joven sonríe y asiente aunque le importe un pimiento: las marcas no le dicen nada y, además, esa mujer es de las que, por mucho que lleven miles de euros puestos, entre ropa y complementos, siguen pareciendo unas chonis.

Por fin saca el teléfono y se pone a charlar un rato. Luego, cuando su interlocutor se cansa de ella, cuelga el teléfono y se vuelve a la camarera. La acecha hasta que puede pillarla por banda y empieza a hablar de que tiene un apartamento precioso y muy caro, con unos muebles de diseño muy caros y unas obras de arte carísimas que son una inversión y que se van a revalorizar.

La camarera, aburrida pero sin escapatoria, sigue escuchando hasta que entra otro cliente y puede por fin librarse. Al ver que su última oyente no parece por la labor de volver por su zona porque ha empezado una conversación en otra parte, pide que le cobre.

-Ay, ¡a que ahora no voy a tener! -rie la mujer.

-Pues tendrás que dejar algo en prenda -responde la camarera. No sabe por qué no le sorprende.

-¡Pero si lo más barato que yo llevo vale veinte veces más de lo que te debo! -protesta, con tono ofendido.

-Si así es, te darás prisa por volver y pagarme el café -dice la camarera. Cuando comprende que habla en serio, la mujer comienza a rebuscar en su bolso, frenética, y por fin encuentra una moneda de dos euros. Se la entrega a la camarera y se marcha aferrando su bolso como si, en cualquier momento, la envidiosa chica que hay tras la barra fuera a robarle alguna de sus preciosas posesiones de marca.

Bolas chinas

Una mujer entra al Críper y pregunta, como desesperada:

-¿Tienes un enchufe en el que pueda cargar el móvil? Es que es urgente.

La camarera asiente y ella se pide un tercio, saca el enchufe y se encajona con un taburete entre la tragaperras y la máquina de tabaco. No para de teclear y de hacer llamadas hasta que, una hora después, la camarera le dice:

-Oye, disculpa pero una cosa es que tengas una emergencia y necesites el enchufe y otra es abusar.

-Ah, sí, perdona. Como no estoy acostumbrada a beber tercios… Pero bueno, dame otro -responde, y sigue enganchada al teléfono. Hace una larga llamada, bastante acalorada y una hora después, cuando la camarera está dispuesta a llamarle de nuevo la atención, cuelga el móvil furiosa y pide a la camarera otro tercio.

-Era mi ex. Le he dado puerta hace una semana -le cuenta. Por su tono, la camarera sabe que toca resignarse a escuchar un largo monólogo: le va a contar su vida en verso y prosa-: Me dejó embarazada a los diecisiete y, veinte años después, hemos vuelto. Esos veinte años estuvo con una zorra a la que le gustaba darle por el culo, luego volvió conmigo porque la zorra no me llegaba a la suela de los zapatos. Era una vulgar, de esas que te montan el pollo en plena calle, no me llegaba a la suela de los zapatos.

-Ajá -responde la camarera, al quedarse la mujer mirándola en espera de un comentario.

-Pues bien, la semana pasada me harté de él y le he dado puerta. Que es un desgraciado. Yo tengo a un tío rico, detallista, que está detrás de mí. Tiene tres coches, tres, no como el otro, que no tiene donde caerse muerto. Pero no me hace tilín como ese desgraciado, ¿sabes? -Pega otro trago al tercio.

-Claro.

-Pero es que el desgraciado, ya le he dicho: <<Tú ni para el sexo vales>>. Porque él solo aguanta uno, y si acaso. Claro, como le gustaba dar por culo a la otra, y yo le he dicho que nanai… Además, mi vagina está más apretada que el culo de esa zorra. Que he dado a luz, pero le he dado mucho a las bolas chinas. Tanto que me pasé y ahora como mucho me pueden meter una de tamaño estándar. Pero vamos, que para hacerlo con el desgraciado uso el consolador que llevo en el bolso, ¿quieres verlo?

-Eh… no.

La mujer, que por fin se ha dado cuenta de que ha estado contándole su vida sexual a una desconocida a la que le importa un carajo, enrojece, le paga los tercios y se marcha, un poco tambaleante.