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El viejecito

Un viejecito va al Críper a menudo. Todo el mundo en el barrio le conoce, pero vive solo y, como cada vez va a un bar distinto, nadie sabe mucho sobre él salvo las pocas cosas que deja traslucir en las conversaciones, como que tiene familia pero que no se lleva nada bien con ellos.

Un día deja de aparecer y la camarera empieza a preocuparse: cuando pregunta a distintos habituales del barrio, todos le dicen que no le han visto por ningún lado, a pesar de que suele pasar el día paseando o en los bares de la zona.

Casi un mes después, el viejecito aparece por el Críper de nuevo y, al preguntarle dónde se ha metido, responde:

-Un ataque al corazón, he estado ingresado todo este tiempo.

La camarera y el resto de los clientes escuchan cómo empezó a sentirse mal y cómo ha pasado esos días hasta que se cansa de hablar y se va.

-Este hombre se muere un día y no se entera nadie -dice uno de los clientes. Todos los demás asienten, preocupados, pero nadie sabe qué más hacer aparte de lo que ya hacen: escucharle cuando viene e interesarse por él cuando no aparece.

A los negros no les crece el pelo

Un viejecito, cliente habitual, lleva ya cosa de un cuarto de hora afirmando, sin que nadie consiga convencerle de lo contrario, que a los negros no les crece el pelo.

-Anda, anda. ¿Cómo no les va a crecer el pelo? -dice la camarera, por enésima vez, intentando no reírse.

-Que no, que les crece la pelusilla esa y se queda así, no crece más.

-Ya, ¿y las mujeres qué?

-A ellas sí les crece, pero se ponen extensiones y…

Justo en ese momento llega un cliente habitual, de color, y el anciano le señala con la cabeza y pone cara de «Os lo dije».

-¿Qué pasa? -pregunta el recien llegado.

-Aquí el señor -señala la camarera-, que dice que a los negros no os crece el pelo.

El aludido se echa a reír a carcajadas, junto con el resto de los presentes, que ya no pueden contenerse más, y el viejecito se indigna.

-¡Pues tú siempre tienes el pelo igual de corto, y te conozco desde hace años!

-¡Porque mi mujer no me deja que lo lleve más largo! Pero vamos, si quieres te enseño fotos de cuando era joven y lo tenía a lo afro.

-Bah, sería una peluca -dice el viejecito, sin bajarse del burro. Luego, echa un último trago a su café y se larga refunfuñando.

El cigarrillo diario

El hombre entra todos los días al Críper, se pide un botellín, se lo bebe a toda prisa y, cuando paga y recibe el cambio, dice:

—Pásame un cigarrillo, haz el favor. Están ahí, al lado de las libretas.

La primera vez que se lo pidió, la camarera se quedó mirándole como si estuviera loco. Pero, tras comprobar que efectivamente el paquete es suyo, ya se ha acostumbrado. Le da el paquete, para que coja el que prefiera, y lo devuelve a su sitio. Cuando se acaba, el hombre compra otro de la máquina y ella lo pone donde estaba el anterior.

De vez en cuando se explica. Lo está dejando junto a su pareja y ella no le deja tener el paquete en casa, pero se ve incapaz de renunciar al de después del trabajo. El Críper es su solución.

La camarera no tiene ningún inconveniente. Sólo espera que, cuando lo deje definitivamente, no deje de ser cliente.

El misterioso señor de la boina

El señor de la boina entra al Críper y, cuan pastor en medio del monte, grita, como todas las semanas:

—¡Qué! ¿Ya tan engañao?

La camarera, que hace tiempo ha renunciado a explicarle que ese es su turno desde hace años y que no es como si estuviera haciendo horas extra o algo por el estilo, se encoge de hombros como respuesta y le sirve el solysombra de costumbre.

—Y el jefe qué, ya ta durmiendo el jodio cabrón, ¿no? —ella vuelve a encogerse de hombros, como si no lo supiera—. Qué bien vive el condenao —finaliza, bebiendo de un trago la copa y poniendo el dinero sobre la barra.

Cuando regresa la camarera con el cambio, continua con sus frases de siempre.

—Buah, pos hace que no le veo… nunca tá cuando bajo. Tú dile que he tao aquí ¿eh?

Y se va, de nuevo sin decir su nombre, ni de dónde es, ni dar ninguna pista para que el jefe pueda por fin saber quién es.

El viejo siniestro ataca de nuevo

Han pasado meses desde que apareció por última vez, pero cuando ya empieza a pensar que se ha librado de él al fin, el viejo atraviesa el umbral de nuevo. Pide lo mismo de siempre y se comporta igual. La camarera, por supuesto, sigue con su política de no hacerle caso salvo para ponerle lo que pida y cobrarle.
Así pasan varios días, hasta que se sienta justo delante de donde ella teclea con el ordenador e intenta entambrar una conversación. Ella le ignora y cuando se pone pesado le dice que está ocupada.
—¿Sabes? Eso también lo puedo hacer yo —se ríe como un maniaco y comienza a fingir que teclea sobre la barra, imitándola.
Ella aguanta estoicamente un rato, hasta que se harta, y, lanzándole una mirada que deja poca duda sobre lo que siente hacia él, coge su netbook y se traslada a la otra punt del local.
—Venga —protesta, sin dejar de fingir que teclea—, ¿te cuento un chiste?
La camarera finge que no le oye y sigue a lo suyo, sin lanzar una sola mirada en su dirección, pero cuando llega la hora de cobrarle vuelve a la carga:
—Pues esto era un—
—¡Que no me interesan tus chistes, leñe!
—Si no es un chiste. Es algo que me pasó de niño.
—Me importa un bledo —responde ella, volviendo a su sitio, lo más lejos posible de él. finalmente, se marcha. Al día siguiente no vuelve a entrar, pero pasa tres veces por la puerta del local en lo que dura su turno.

El ciego

La camarera está medio dormida, porque acaba de levantarse, y agobiada, porque en el turno de mañana hay más gente y no tiene costumbre al ser su primer día. En el barullo reinante, ve entrar a un cliente y se acerca para tomarle nota. Es ciego, y se queda quieto, sin decir nada.

—¿Qué quiere tomar? —pregunta. Como no contesta, ella atiende a otro cliente mientras se decide, pero cuando regresa y le vuelve a preguntar sigue sin recibir respuesta.

—Quiere un café con porras —dice uno de los habituales.

—¿En serio, o me estás vacilando? —pregunta, acostumbrada a las bromillas de los habituales.

—Que no, que siempre toma eso y ya ni se molesta en pedirlo.

La camarera le pone el café y al tercer intento, con la ayuda del resto de clientes, consigue que el hombre le diga cómo quiere la leche. Finalmente se lo pone y, tras tomarse su desayuno con calma, paga y se va.

Horas después, el jefe le pregunta que qué pasó con el ciego y ella se encoge de hombros.

—¡Es que a ese hombre siempre le tienes que poner el café con porras! ¿No ves que está un poco sordo también?

—¿Y cómo querías que lo supiera, por telepatía?

—Pues ya lo sabes —refunfuña el jefe.

Al día siguiente vuelve a aparecer y la camarera le pone su desayuno. Coincide que no hay nadie en ese momento y suspira de alivio. No quiere ni imaginar la odisea para enterarse de lo que quería sin la ayuda de nadie.

Jugando

El hombre, de unos cincuenta años, siempre va al bar a eso de las cuatro, se pide un café y, tras ir al baño, saca su consola portátil. Se queda mirando embobado la pantalla, pulsando los botones con insistencia, moviéndose al ritmo del juego, sea ese el que sea. Alrededor de media hora después, los días que no se le va el santo al cielo, apaga la consola y, tras echar un par de monedas a la tragaperras, por si toca, se marcha.

Si por lo que sea está ahí más tiempo, suena su móvil y, mirándolo con el ceño fruncido, refunfuña:

-Ya está, la policía.

No obstante, se lo toma con calma y termina la partida antes de irse, no sin antes echar un par de euros a la tragaperras, a ver si toca.

Alitas y un lugar para llamar

Un señor mayor entra al Criper y se queda mirando fijamente a la camarera, que espera pacientemente que le diga qué va a tomar.

-¿Tienes alitas de pollo?

Ella responde que no, que sólo tienen lo que ve en el mostrador.

-¿Segura? -pregunta tras un rato mirándola fijamente.

-Segurísima.

-Qué pena -suspira él, después de otro rato mirándola fijamente, tras lo cual vuelve a quedarse en el mismo estado de abstracción.

-¿Quiere algo más? -se impacienta la camarera, que empieza a ponerse nerviosa.

-¿Puedo llamar por teléfono? -reacciona el hombre, que sigue como perdido en su mundo.

-No tenemos teléfono público. Hay cabinas ahí enfrente -señala a la calle, justo delante.

El tipo, tras un último qué pena, sale y se mete en el bar de enfrente. Al rato vuelve al Críper, se pide un botellín, lo bebe a toda prisa y se larga tras pagarlo. Un par de semanas después vuelve a aparecer y, tras quedarse mirando fijamente a la camarera, pregunta:

-¿Tienes alitas de pollo?

-No -responde ella. Casi le da pena. Prácticamente hay alitas todos los días y el hombre ha ido a parar al bar justo dos días en los que no quedaban. No obstante, con esa actitud abstraída y su fijación por quedarse parado, callado y como en otro mundo sin apartar la vista de ella, la pone nerviosa.

-Qué pena -murmura él casi de inmediato-. ¿Algún lugar para llamar?

-No.

Sin decir nada más, el hombre se marcha al bar de enfrente bastante acelerado. El turno acaba y la camarera se marcha, pero algo le dice que al rato volverá, pedirá un botellín y, tras pagarlo, se largará.

De viejecito encantador a viejo siniestro (parte 2)

Tras un par de semanas con la misma dinámica del viejo hablando solo y la camarera ignorándole, un día él intenta marcharse sin pagar, diciendo sólo que no tiene billetes pequeños.

-Me da igual. Si no tienes billetes pequeños me das el billete grande.

-Pero bueno, ¡esto es increíble! -se indigna el viejo-. Y vengo todos los días, y ahora vas y me dices que no me puedes fiar.

-Ni puedo ni me da la gana -responde la camarera, levantando la mano para que le pague de una vez. Él saca un billete de 50 y se lo entrega de mala gana, refunfuñando.

Desde ese día, el viejo deja de entrar al Críper y se va al bar de enfrente, donde, refresco en mano, se queda en la ventana, mirando fijamente a la camarera. Ella se limita a pasar de él dándole la espalda. En el fondo, aunque es aún más siniestro que se dedique a vigilarla desde el bar de al lado (y para colmo no aporta nada a la caja del Críper) no deja de ser una mejora: ya no tiene que escuchar sus gilipolleces.

Finalmente, el tipo deja de aparecer y la camarera da por acabada la historia. No obstante, unos meses después vuelve. Por suerte, a la semana siguiente empieza agosto y ellla tiene turno de mañana. Como el viejo sólo va por las tardes, la camarera se siente casi a salvo, pero no iba a ser tan sencillo: en cuanto el viejo se da cuenta de que por las tardes se cierra y que ella está por las mañanas, por las mañanas se planta en el Críper.

Empieza de nuevo a intentar que ella le responda, mintiendo y diciendo que cada día le cobra de distinta forma.

-No, señor. Te cobro siempre lo mismo por cada consumición, pero si un día te tomas una y al otro dos no te voy a pedir el mismo dinero -dice la camarera, tras lo cual vuelve a ignorarle.

Sigue intentándolo por todos los medios, sin éxito, enfurruñándose cuando la camarera da conversación a otros clientes. Por fin, vuelve el turno de tarde y el viejo vuelve a desaparecer unos días, hasta que se da cuenta de que ahora tiene que ir por las tardes. Y todos los días se planta a las cinco y pico a por lo mismo.

De nuevo prueba la táctica de ¿Te cuento un chiste? A lo que la camarera responde que no le interesa y él empieza a desvariar, diciendo que ella no va a perder prestigio social por escuchar un chiste verde. Como sigue ignorándole, al poco cambia de táctica y se pone a desvariar sobre otros temas, a los que la camarera no presta la más mínima atención.

Por suerte, debido a sus estudios los turnos son irregulares y no siempre está a esa hora, por lo que no tiene que aguartarle todos los días y él parece algo desconcertado. Por supuesto, cuando pregunta ella se limita a responder que no es de su incumbencia y sigue a lo suyo, cosa que sabe que a él le desagrada.

Un día, en vez de pedir su refresco habitual pide licor de manzana sin alcohol. La camarera se lo pone y, tras dar un par de tragos, él afirma que le ha dado alcohol. Tras enseñarle la botella, claramente de una bebida sin alcohol, sigue a lo suyo hasta que le pide que le ponga lo de siempre, abandonando la copa a la mitad.

-Te voy a contar una cosa -empieza a decir el viejo, antes de irse-. No, mejor el lunes. Sí, el lunes. ¿Ves? Estoy un poco borracho.

Poniendo los ojos en blanco, la camarera le observa marcharse. Por suerte, el lunes entraría pronto y no tendría que aguantar sus estupideces.

El loco (4)

El loco, meses después, entra en el Criper con un cigarro encendido. Antes de que pise el local, la camarera le ordena irse del local, sin éxito. Tras llamar al jefe, marca el 092 y explica la situación a la policía, que rápidamente se pone en camino.

El loco comienza a insultarla y a decir oscenidades: que si follas, que si te iba yo a echar un polvo, que si tengo una verga descomunal, que si va a ir a hacerse una paja pensando en ella. La camarera aguanta estoicamente, ignorándole en la medida de lo posible, incluso cuando comienza a hacer movimientos sospechosos detrás de la barra. Por suerte, la policía no tarda en aparecer y es entonces cuando, aliviada, comienza a explicar lo que ha pasado con una nota de histeria en su voz.

-¿Va a poner una denuncia? -pregunta uno de los agentes, llevándosela al otro lado de la barra mientras su compañero toma los datos al loco, con toda la paciencia del mundo.

-Hombre, por supuesto que voy a denunciarle -dice ella, cabreada y ligeramente temblorosa.

Poco después, los policías acaban de tomar declaración y todos los datos e intentan conducir al loco fuera del local amablemente. No obstante, éste no les hace caso y se vuelve a la camarera, diciendo que él era militar y un montón de imbecilidades sin sentido.

-¡Que no me importa tu puta vida, que te largues! -le grita ella, perdido ya el poco autocontrol que le quedaba. El loco coge un servilletero e intenta tirárselo, sin éxito gracias a que los agentes le detienen a tiempo. Por fin, le conducen fuera del local y la camarera se queda sola.

Al día siguiente, la camarera va a comisaría a denunciar los hechos y, tras una hora de espera, es atendida.

-No, si estamos hartos de él -dice el policía. Al parecer, el loco es un viejo conocido de los cuerpos de seguridad: le meten en el manicomio unos meses, le sueltan y, hasta que se le vuelve a internar, no hay día en que no tengan que ir por algún problema que ha causado, bien en su casa, bien en bares y otros locales-. No se preocupe, es inofensivo.

-Sí, es inofensivo pero casi me tira un servilletero a la cabeza. ¿Qué me asegura que la próxima vez no me saque una navaja? ¿Y mientras que llegáis tengo que quedarme ahí plantada viendo cómo se hace pajas tras la barra, sin poder decirle nada por si le da por atacarme? -pregunta la camarera, impotente. El tipo no tiene ni media hostia, pero con eso sólo se metería en problemas ella, mientras que el otro seguiría con lo suyo.

La única solución que le dan es que, cuando llegue el juicio, pida una orden de alejamiento. Como si eso fuera a servir para nada, piensa mientras sale de la comisaría. Desde ese momento, cada vez que baja al bar tiene el móvil bien a mano, aunque sigue sin estar convencida de la eficacia de dicha medida.