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Hambre canina

Un grupo de chicos entra al Críper y se piden unos botellines. La camarera poner uno frente a cada uno, pero el del centro coge el suyo y el de su amigo y dice, riendo:

-Es que los dos son para mí.

Su amigo se encoge de hombros y la camarera dice:

-Yo los pongo, vosotros los repartís como queráis.

Luego, ella pone unos platos con aperitivos y, antes de que el de los dos botellines pueda reaccionar, su amigo, el que no tiene, se lanza a por uno y se lo mete en la boca.

-Hay hambre, ¿eh? -pregunta uno.

-Canina -dice el chico, con la boca llena.

Todos se ríen y continúan charlando durante unas cuantas rondas más, en las que el chico intenta hacerse con un bocado; la cerveza no le importa tanto.

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La siesta

Un hombre mayor, cliente habitual, tiene por costumbre quedarse dormido en la barra, mientras se toma su café. La camarera ya le deja por imposible, pero ese día se pone a roncar cada vez más fuerte y, cuando otro cliente y ella cruzan una mirada, sueltan una carcajada que le despierta.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa?

-Que te has quedado frito y estabas roncando -dice la camarera.

-¡Yo no ronco! -exclama indignado el hombre mayor.

-Todos los que roncamos decimos lo mismo -dice el otro cliente.

-¡Bah! -responde el hombre y, poco a poco, vuelve a quedarse dormido.

Situación de emergencia

No es el turno de la camarera, pero cuando pasa ante el bar se encuentra a una chica y a su compañero con cara de preocupado. Cuando pregunta qué pasa, el camarero le cuenta que el hermano de la chica se ha cagado encima y que se ha atrincherado en el baño de los chicos.

La chica se disculpa y va con su hermano al baño, del que sale un olor espantoso.

-Es que no sé qué hacer, que encima el chico es discapacitado mental y no quieren ni oír hablar de que llame a una ambulancia o algo -reconoce el camarero. Para colmo, hay bastante gente y todos tienen que entrar al baño de las chicas.

La camarera va hacia el baño y le dice a la hermana que tiene que darle una solución ya, que no puede atrincherarse ahí eternamente.

-No, señora, por favor, yo hago lo que sea pero… ya he llamado a mi tío para que nos venga a recoger -suplica la chica.

-Lo que sea pero ya. Si vive lejos, no me sirve -dice la camarera. Y se va a hacer sus cosas. Una hora y pico más tarde, vuelve a bajar. El camarero sigue desesperado, pero la chica dice:

-Ya vienen a por nosotros, no se preocupe.

-Pero bueno, es que esto no es normal. ¿Qué te costaba ir al chino y comprarle un pantalón de chandal y unos calzoncillos para sacarle del bar? -protesta la camarera.

-Ay, no se me había ocurrrido. Lo siento, pero ya vienen, ya vienen.

Efectivamente, no tardan en llegar con un coche y por fin sacan al chico del baño. La camarera suspira: ahora toca limpiar ambos servicios, ya que el de las chicas ha sufrido las consecuencias de ser el único aseo disponible.

Dormir en lugares extraños

La camarera y un pequeño grupo de clientes habituales charlan, como de costumbre, de lo mismo de siempre y un hombre que se está tomando un botellín al margen de la conversación entra al baño. El resto sigue hablando, tan ricamente, durante una hora o más, hasta que unas señoras que estaban en la mesa se van y la camarera tiene que levantarse a limpiar la mesa. Como viene un olor desagradable del baño, aprovecha para echar ambientador pero, cuando empieza a abrir la puerta, se oye un grito:

-¡Ahhh!

La puerta se cierra de golpe y la camarera, roja como un tomate, vuelve a la barra.

-Manda huevos, podríais haberme dicho que estaba ahí el señor -les dice a los habituales.

-¡Es que no nos acordábamos! -se ríen ellos.

Al rato, el señor sale del baño y, avergonzado, dice, antes de salir del bar:

-Es que me había quedado dormido… ¡Menudo susto me has dado!

No voy a denunciar

Un hombre entra al Críper con la camiseta del pijama del hospital, saca un billete de cinco arrugado y pide cambio para tabaco.

—En la vida me ha pasado esto a mí —comenta mientras echa las monedas en la máquina—. Me encontró un viejecito tirado en medio de la calle y me llevó al hospital. Pero ya me he acordado de lo que pasó. Me fui a ese bar de ahí arriba —señala— y me tomé un cubata solo. Seguro que me echaron algo en la bebida. Me han robado trescientos euros.

—Pues si es así, deberías ir a comisaría y denunciarlo —comenta la camarera.

El hombre se gira y le lanza una sonrisa siniestra.

—No, no voy a denunciarlo, no. Ya he llamado a unos amigos. Se van a enterar de lo que es bueno.

Dicho esto, se despide, sale del bar, se enciende un pitillo y se aleja en dirección al bar donde afirma que le robaron con aire decidido. La camarera, por un momento, se siente tentada de abandonar su puesto y asomarse a ver si se va a armar gresca, pero se lo piensa dos veces: casi mejor no saber cómo acaba el asunto.

Una Coca-cola sin alcohol

Un anciano entra al Críper y dice:

—Deme algo sin alcohol. Una coca-cola, de esas que no tienen alcohol, de las zero.

—Ninguna coca-cola tiene alcohol, caballero —responde la camarera.

—Pues eso, ponme una de esas.

—Coca-cola zero, entonces.

—Claro, eso. Sin alcohol —ella le pone la lata,porque no quedan botellas, y el hombre se la queda mirando como si fuera un alien, dando vueltas a la abertura—. No soy capaz de abrir esto, hágame el favor.

La camarera, algo alucinada, le abre la lata y el anciano echa el líquido en el vaso, bebiéndoselo de un trago, pagando y marchándose sin decir una sola palabra más.

¡Al fin alitas!

El tipo de las alitas regresa al Criper tiempo después y la camarera, nada más verle entrar, le dice:

—Hoy sí que hay alitas.

La cara del hombre se ilumina y se inclina sobre el mostrador.

—Oh, bien, perfecto. ¿Y un lugar para llamar? —Ella niega con la cabeza—. Vale. Dentro de un rato vuelvo y me tomo un botellín.

Dicho esto, se larga sonriente. Pero no vuelve y no se toma ni el botellín… ni las alitas.