Adiós y hasta luego

Un viejecito entra al Críper y la camarera le da conversación durante horas. Cuando por fin decide marcharse, dice:

-Bueno, ha sido un placer ¡hasta luego!

-Adiós -responde la camarera, como siempre.

El viejecito se pone tenso y se da la vuelta para preguntarle a la camarera, indignado:

-¿Por qué me dices “adiós”? ¿Es que quieres que me muera?

-Eh… Es una despedida como otra cualquiera -comenta la camarera, desconcertada.

-Si dices “adiós” me estás mandando con Dios. Tienes que decir “hasta luego” para indicar que volveremos a vernos -le gruñe el abuelo.

-“Hasta luego” solo se usa cuando vas a ver a la persona dentro del mismo día -explica la camarera-. Y usted hasta mañana no vuelve.

-Pues me da igual, ¡tienes que decirme “hasta luego”! ¡Hasta luego! -se despide de nuevo.

-Adiós -dice ella, automáticamente. El viejo se vuelve a girar, indignado, y ella se encoge de hombros-. Es la costumbre. Hasta luego.

Para medio chupito, quizás un poco menos

Cuando la camarera entra, el tipo ya está allí y el jefe le dice que lo tiene todo pagado, así que no le presta mucho atención hasta que le hace señas.

-Esto es lo que tengo -dice él, soltando unas cuantas monedas en la mesa-. Con lo que hay, ponme lo que sea.

-Pues con eso -responde ella, al ver que no hay ni sesenta céntimos- no te pongo ni aire.

-Venga ya, me pones el equivalente que calcules, así a ojo… -le suplica el hombre.

-Solo servimos lo que hay en completo. Lo más pequeño es un chupito, y no tienes para un chupido.

-Pero sí tengo para medio chupito -protesta él. Luego mira las monedas y rectifica-: Bueno, quizás para un poco menos.

-Te he dicho que no. O chupito completo o nada -se empieza a enfadar la camarera.

-Pues ponme el chupito entero pero me cobras esto…

-Largo -le interrumpe ella, señalando la puerta. El tipo se va, murmurando entre dientes:

-Qué poco te enrollas, tía.

El pesado

El pesado entra de cuando en cuando en el Críper. Muchas veces se le ve asomarse a los otros bares, pero todos sospechan que no le dejan entrar. Y a nadie le extraña, porque, como su apodo indica, es un pesado.

Cuando entra, tiene por costumbre acechar las conversaciones ajenas y meterse en ellas en el momento más inoportuno, con el comentario más inapropiado. Lo hace tanto que espanta a los clientes y, aunque la camarera ya le ha advertido más de una vez que no debe meterse en conversaciones ajenas, al tipo le entra por un oído y le sale por el otro.

Una vez más, el pesado entra al Críper y los dos clientes que hay ese momento ponen los ojos en blanco. Por suerte, son de los que no se callan y, en cuanto hace amago de meterse donde no le llaman, le dicen que se calle y que les deje en paz. Aun así, el pesado sigue acechando, erre que erre, y en cuanto se descuidan, vuelve a la carga.

-Bueno, vale ya -le dice la camarera-. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no molestes al resto de clientes?

-Vale, vale -suspira el tipo. Pero sigue acechando hasta que se da cuenta de que las miradas de hostilidad que le dirigen todos no son nada bueno.

-No le aguanto más -le dice al jefe la camarera-. ¡Es que además espanta a todo el mundo!

-Si yo no le dejo entrar -responde el jefe. Ella le fulmina con la mirada-. Se me olvidó comentártelo.

La camarera lo deja pasar y prefiere centrarse en la sensación de alivio que la embarga. Ya no tendrá que aguantar al pesado nunca más… y los clientes también.

 

No voy a denunciar

Un hombre entra al Críper con la camiseta del pijama del hospital, saca un billete de cinco arrugado y pide cambio para tabaco.

—En la vida me ha pasado esto a mí —comenta mientras echa las monedas en la máquina—. Me encontró un viejecito tirado en medio de la calle y me llevó al hospital. Pero ya me he acordado de lo que pasó. Me fui a ese bar de ahí arriba —señala— y me tomé un cubata solo. Seguro que me echaron algo en la bebida. Me han robado trescientos euros.

—Pues si es así, deberías ir a comisaría y denunciarlo —comenta la camarera.

El hombre se gira y le lanza una sonrisa siniestra.

—No, no voy a denunciarlo, no. Ya he llamado a unos amigos. Se van a enterar de lo que es bueno.

Dicho esto, se despide, sale del bar, se enciende un pitillo y se aleja en dirección al bar donde afirma que le robaron con aire decidido. La camarera, por un momento, se siente tentada de abandonar su puesto y asomarse a ver si se va a armar gresca, pero se lo piensa dos veces: casi mejor no saber cómo acaba el asunto.

La bruja

Una pareja de mediana edad entra al Críper. Ella, muy peripuesta y estirada, pide una manzanilla y su marido un botellín.

-Eso, eso, cerveza, dí que sí -le reprocha la mujer. Él la ignora, de modo que se gira y se pone a desvariar dirigiéndose a la camarera y al resto de clientes-. ¿Se pueden creer, que venimos del hospital y no se quería ir pronto? Cuando mi madre enfermó, él se quiso largar y yo le acompañé, pero nada, como ahora es su madre, él no me acompaña y se queda con ella. No hay quien lo aguante, el gitaneo que se monta ahí a la hora de visitas.

-Si algo tiene mi madre, es muchos hijos que la queremos -dice el hombre, lanzando una mirada, como de disculpa, al grupo que está aguantando la chapa de la señora.

-Ya, ya, ya veo cómo la quieres, que prefieres hacerme aguantar eso, en vez de venir conmigo -sigue su mujer.

-Te hubieras ido sola -salta el hombre.

-Sí, para que habléis mal de mí luego a mis espaldas. Que tenía que salir de ti el querer irte, luego yo soy la borde. -Se bebe de un trago lo que le queda de manzanilla-. Vamos, para casa. Con la de cosas que tengo que hacer…

El hombre, por no discutir, paga y la sigue con docilidad. En cuanto salen, todos los clientes dicen, al unísono:

-Qué bruja.

El listo

Un hombre entra al Críper y pide un botellín. Al pagar, se confunde y pone una moneda de dos euros y otra de cincuenta céntimos en vez de un euro cincuenta. La camarera, imaginando que es para echar el euro de las vueltas a la máquina, le da su cambio. Al verlo, el hombre pega un bote, agarra el dinero rápido, lo esconde en su bolsillo y, tras beber el botellín de un trago, se marcha del bar.

-Ese se ha pensado que le has devuelto de más -ríe un cliente habitual.

-Anda, que si yo hubiera sido igual de honesta… -suspira la camarera

-Pues la próxima vez que se equivoque con el cambio ya sabes, para el bote -sentencia el hombre, aunque no tiene pinta de que el listo vaya a volver.

A los negros no les crece el pelo

Un viejecito, cliente habitual, lleva ya cosa de un cuarto de hora afirmando, sin que nadie consiga convencerle de lo contrario, que a los negros no les crece el pelo.

-Anda, anda. ¿Cómo no les va a crecer el pelo? -dice la camarera, por enésima vez, intentando no reírse.

-Que no, que les crece la pelusilla esa y se queda así, no crece más.

-Ya, ¿y las mujeres qué?

-A ellas sí les crece, pero se ponen extensiones y…

Justo en ese momento llega un cliente habitual, de color, y el anciano le señala con la cabeza y pone cara de “Os lo dije”.

-¿Qué pasa? -pregunta el recien llegado.

-Aquí el señor -señala la camarera-, que dice que a los negros no os crece el pelo.

El aludido se echa a reír a carcajadas, junto con el resto de los presentes, que ya no pueden contenerse más, y el viejecito se indigna.

-¡Pues tú siempre tienes el pelo igual de corto, y te conozco desde hace años!

-¡Porque mi mujer no me deja que lo lleve más largo! Pero vamos, si quieres te enseño fotos de cuando era joven y lo tenía a lo afro.

-Bah, sería una peluca -dice el viejecito, sin bajarse del burro. Luego, echa un último trago a su café y se larga refunfuñando.