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Alitas y un lugar para llamar

Un señor mayor entra al Criper y se queda mirando fijamente a la camarera, que espera pacientemente que le diga qué va a tomar.

-¿Tienes alitas de pollo?

Ella responde que no, que sólo tienen lo que ve en el mostrador.

-¿Segura? -pregunta tras un rato mirándola fijamente.

-Segurísima.

-Qué pena -suspira él, después de otro rato mirándola fijamente, tras lo cual vuelve a quedarse en el mismo estado de abstracción.

-¿Quiere algo más? -se impacienta la camarera, que empieza a ponerse nerviosa.

-¿Puedo llamar por teléfono? -reacciona el hombre, que sigue como perdido en su mundo.

-No tenemos teléfono público. Hay cabinas ahí enfrente -señala a la calle, justo delante.

El tipo, tras un último qué pena, sale y se mete en el bar de enfrente. Al rato vuelve al Críper, se pide un botellín, lo bebe a toda prisa y se larga tras pagarlo. Un par de semanas después vuelve a aparecer y, tras quedarse mirando fijamente a la camarera, pregunta:

-¿Tienes alitas de pollo?

-No -responde ella. Casi le da pena. Prácticamente hay alitas todos los días y el hombre ha ido a parar al bar justo dos días en los que no quedaban. No obstante, con esa actitud abstraída y su fijación por quedarse parado, callado y como en otro mundo sin apartar la vista de ella, la pone nerviosa.

-Qué pena -murmura él casi de inmediato-. ¿Algún lugar para llamar?

-No.

Sin decir nada más, el hombre se marcha al bar de enfrente bastante acelerado. El turno acaba y la camarera se marcha, pero algo le dice que al rato volverá, pedirá un botellín y, tras pagarlo, se largará.

Consola

Un tipo de aspecto y modales desagradables, de unos cuarenta años, entra al Criper y pide un cubata. Mientras lo bebe llama por teléfono y es imposible no escucharle con los gritos que pega:
-¿Oye? ¡Soy yo!… ¿Cómo que quién? ¡Pues el que te mandó a tomar por culo el otro día!… Oye, tú tienes una buena tele, ¿no?… Bueno, pues si eso me paso con tu casa con mi play y nos echamos unas partidas… No, ya te digo, me voy a mi casa y cojo la consola y unos cuantos juegos geniales y nos apalancamos… ¿Cómo que dónde? ¡Pues en tu sofá!… No, yo invito a la consola, pero la tele y los aperitivos los pones tú… ¡Venga, hombre! ¡Que la que tengo es la 3 y son unos pedazo de juegos!… ¿Que no? ¡Anda y vete al carajo!
El tipo mira insistentemente a la camarera, que le ignora, pero eso no le detiene.
-Es que la gente es una rajada. Mira que, cuando les dices que si echan una play 3, no se atreve conmigo ni Dios -la camarera se encoge de hombros y sigue con lo suyo-. ¿Tú qué crees? ¿A que la Play 3 es la mejor?
-No me gustan esas cosas -dice ella, aunque no es verdad. Todo sea por no tener que seguir conversando con el espécimen, pero no tendrá tanta suerte: el tipo está empeñado en hablar con alguien y, a falta de alguien mejor, le da la lata hasta que llega el relevo.

¿Kerewita?

Un asiático sonriente entra con una maleta y se sienta en un taburete mirando a la camarera.

-Kerewita.

La camarera no entiende. El asiático vuelve a repetir la misma palabra.

-¿Perdón?

-Kerewita -pronuncia de nuevo señalando hacia el frente, donde está el baño.

-¿Quiere ir al baño?

-No -dice asintiendo con la cabeza. Señala un poco más a la izquierda -. ¡Kerewita!

La camarera deduce que se refiere a la cerveza y le pregunta si es eso lo que quiere.

-Sí. Kerewita.

Le pone una caña, sin atreverse a preguntar si quiere caña o botellín por el lío que se iba a armar, y el asiático se la bebe de un trago.

-¿Baño? -pregunta señalando el almacén. La camarera niega con la cabeza y señala donde está el aseo, suspirando cansada.

El loco (3 y última… de momento)

El loco vuelve de vez en cuando al Criper, pero la camarera siempre le echa y se marcha dócilmente. A veces aparece con un joven, que mira con resignación a la camarera cuando les dice que se tienen que marchar. Después, pasan un par de meses sin que aparezca y la camarera suspira con alivio, pensando que, a lo mejor, le han vuelto a ingresar o se ha mudado lejos, o algo, cualquier cosa, que impida que vuelva a pisar el local. Pero claro, no podía haber tanta suerte en su vida y una tarde calurosa vuelve a aparecer.

-Tienes que marcharte, ya te lo he dicho mil veces.

-No, quiero tabaco.

-No te lo voy a vender. Vete a otro sitio.

-No me pienso ir.

-Pues llamo a la policía.

-Pues llama si quieres, ¡ME VOY A CARGAR EN LA MADRE QUE TE PARIÓ, HIJA PUTA! -grita y comienza a amenazarla. La camarera coge con una mano el palo de madera reforzado con metal que siempre tiene a mano por si algún indeseable intenta propasarse y el móvil  con la otra. Llama primero al jefe, porque nunca es bueno para un local tener un lío de estos.

-El loco está aquí y no quiere irse.

-Pues déjale.

-¿Cómo que le deje? ¡Me está amenazando! ¡Voy a llamar a la policía!

-¿Amenazando? ¿el de los clinex? (nota: ya hablaré del de los clínex, ya…)

-No, el de los clinex no. ¡El loco! -el loco se cansa de amenazar y se marcha entre tanto -.Déjalo, ya se fue.

La camarera cuelga el teléfono y le mira entrar en el bar de al lado. Casi seguro que no va a volver, pero por si acaso deja la barra cerca, no sea que vaya a necesitarla

El loco (parte 2)

Pasan varias semanas antes de que el loco vuelva a aparecer por el Criper. Entra y pide un licor de manzana sin alcohol, pero no queda y empieza a gimotear porque la camarera se niega a servírselo. Le cuesta un rato aceptar que no hay y acaba por pedir un zumo de naranja, aunque apenas lo prueba y se dedica a mirar fijamente a la camarera y a decir cosas extrañas.

La camarera acaba por ignorarle y se dedica a leer el periódico, pero cuando entra otro cliente y se pone a molestarle ella tiene que volver a prestarle atención para que deje en paz al inocente. Por finm sale disparada en cuanto llega el relevo.

A partir de ese día, el loco vuelve a aparecer de vez en cuando y sigue siempre la misma pauta, hasta que ocurre lo inevitable: se topa con un cliente que tiene tendencias de alborotador. Comienzan a discutir sobre un tema absurdo y el alborotador empieza a cabrearse. La camarera intenta que haya paz y lo único que consigue es que le den la chapa los dos a la vez: el loco con sus locuras y el alborotador, que podría ser su padre, intentando ligársela y fardando de que tiene un cochazo.

La camarera mira con esperanza el reloj y espera resignada el cambio de turno, mientras los otros dos, al ver que no les sigue la corriente, vuelven a discutir, esta vez sobre fórmula uno. En estas llega el jefe y la camarera se va a casa nada más pisa el local.

Cuando vuelve a ver al jefe, éste dice que no vuelva a dejar entrar al loco en el local, porque intentó pegarse con el alborotador y tuvo que echarles a los dos del local pocos minutos después de que ella se fuera.