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Jugando

El hombre, de unos cincuenta años, siempre va al bar a eso de las cuatro, se pide un café y, tras ir al baño, saca su consola portátil. Se queda mirando embobado la pantalla, pulsando los botones con insistencia, moviéndose al ritmo del juego, sea ese el que sea. Alrededor de media hora después, los días que no se le va el santo al cielo, apaga la consola y, tras echar un par de monedas a la tragaperras, por si toca, se marcha.

Si por lo que sea está ahí más tiempo, suena su móvil y, mirándolo con el ceño fruncido, refunfuña:

-Ya está, la policía.

No obstante, se lo toma con calma y termina la partida antes de irse, no sin antes echar un par de euros a la tragaperras, a ver si toca.

Alitas y un lugar para llamar

Un señor mayor entra al Criper y se queda mirando fijamente a la camarera, que espera pacientemente que le diga qué va a tomar.

-¿Tienes alitas de pollo?

Ella responde que no, que sólo tienen lo que ve en el mostrador.

-¿Segura? -pregunta tras un rato mirándola fijamente.

-Segurísima.

-Qué pena -suspira él, después de otro rato mirándola fijamente, tras lo cual vuelve a quedarse en el mismo estado de abstracción.

-¿Quiere algo más? -se impacienta la camarera, que empieza a ponerse nerviosa.

-¿Puedo llamar por teléfono? -reacciona el hombre, que sigue como perdido en su mundo.

-No tenemos teléfono público. Hay cabinas ahí enfrente -señala a la calle, justo delante.

El tipo, tras un último qué pena, sale y se mete en el bar de enfrente. Al rato vuelve al Críper, se pide un botellín, lo bebe a toda prisa y se larga tras pagarlo. Un par de semanas después vuelve a aparecer y, tras quedarse mirando fijamente a la camarera, pregunta:

-¿Tienes alitas de pollo?

-No -responde ella. Casi le da pena. Prácticamente hay alitas todos los días y el hombre ha ido a parar al bar justo dos días en los que no quedaban. No obstante, con esa actitud abstraída y su fijación por quedarse parado, callado y como en otro mundo sin apartar la vista de ella, la pone nerviosa.

-Qué pena -murmura él casi de inmediato-. ¿Algún lugar para llamar?

-No.

Sin decir nada más, el hombre se marcha al bar de enfrente bastante acelerado. El turno acaba y la camarera se marcha, pero algo le dice que al rato volverá, pedirá un botellín y, tras pagarlo, se largará.

La mayor cansina del mundo

Una mujer entra en el Criper.
-Tengo que ir al baño -dice.
-Lo siento, es sólo para clientes -responde la camarera.
-Pero es que tengo que ir hasta Aluche y luego coger un bus -protesta.
-Ya, pero si no eres cliente no puedes entrar, mira el cartel.
-Ya, si lo he visto, pero en otros bares te dejan entrar aunque ponga que es sólo para clientes.
-En este no.
-Pero es que tengo que ir a Aluche y luego coger el bus ¿y qué hago si no me aguanto?
-Ese no es mi problema -replica la camarera, cansada de los viajeros de la renfe que se creen que el Críper es su urinario público particular.
-No, ya, es mío, pero mi hermano está en el hospital y en los hospitales se muere la gente, y tengo que ir a Aluche y luego coger un bus.
-Ya, pero aquí no puedes entrar si no eres cliente -vuelve a decir pacientemente la camarera mientras ve pasar el tren a Aluche.
-Pero hay bares en los que dejan entrar a pesar de todo, y yo me tengo que ir a a Aluche y luego coger un bus, porque mi hermano está en el hospital y en el hospital se muere la gente, y lo mismo me dan ganas de ir al baño en el trayecto y tengo problemas de colon.
-Sigue sin ser mi problema. Si tantas ganas tienes de ir al baño, vete al ayuntamiento, que hay váters portátiles, o consume algo.
-Pero hay bares en los que dejan entrar sin que seas cliente.
-Sí, pero éste no es uno de ellos.
-Pero es que me tengo que ir a Aluche y luego…
Pasan diez minutos y la camarera pierde la paciencia porque, le diga lo que le diga, la mujer sigue en el mismo bucle de absurdas excusas.
-Mira, tía, estás en un círculo vicioso.
-Sí claro pero-
-Estás en un círculo vicioso -la corta-, con sólo dos soluciones: o te tomas algo, pagas y entras al baño o te largas de una vez.
-Pero es que hay bares en los que dejan pasar a pesar de no consumir.
-Pero ya te he dicho que éste no y que no es mi problema que tengas un hermano en el hospital tan lejos, ni que tengas problemas de colon -repite la camarera. En ese momento, se va otro tren hacia Aluche y lo señala-. Mira ¿ves? Ya se ha ido el segundo tren hacia Aluche. Si en vez de estar aquí dándome la tabarra hubieras cogido el primero que se marchó, ya estabas allí y meabas en el hospital.
-Pero es que-
-Pero es que nada. ¿Qué tengo que hacer para que te largues? ¿Llamar a la poli?
-No, a la policía se la llama para los ladrones, no para echar a gente honrada que sólo quiere ir al baño.
-Me estás molestando y este sitio tiene derecho de admisión. Como no te largues les llamo y que te echen ellos.
-Pero es que algunos bares te dejan entrar al baño sin ser cliente.
-¡¡¡QUE TE LARGUES!!! -exclama con voz autoritaria la camarera. Después de tres pero es que más, la mujer sale al fin por la puerta justo en el momento en el que se marcha otro tren hacia Aluche.

De viejecillo encantador a viejo siniestro

El viejecillo empieza a ir al Criper y a la camarera le da mucha pena, así que le da conversación. Hablan de tonterías, de cosas que no tienen ninguna importancia, pero al viejecillo parece encantarle y, al parecer, empieza a creer que es son grandes amigos.
Al cabo de un tiempo, el viejecillo comienza a dejar propinas, para que se tome una chuche, justo antes de marcharse, y cada vez se toma más refrescos, pero la camarera lo achaca a que se aburre y no le da importancia.
La cosa empieza a ponerse extraña cuando el viejecillo se va de vacaciones y le pide a la camarera su teléfono para preguntarle qué tiempo hace en Alcorcón. Ella se queda en blanco y se niega a dárselo, pero el hombre insiste y, como no está la cosa para perder clientes, y menos clientes que se dejan todos los días una pasta, acaba dándole el teléfono del bar, que no funciona bien y ni siquiera suena la mitad de las veces. No obstante, eso no es impedimento para que el sujeto llame varias veces.
Cuando el viejo vuelve de vacaciones, la camarera está dispuesta a tener una charla con él, pero parece normal y al final lo acaba achacando a que el hombre se aburría realmente. No obstante, se queda desconcertada cuando se siente aludido con un comentario que hace sobre lo harta que está de los clientes babosos que no paran de mirar su trasero, aunque no lo dijera por él (más tarde, se da cuenta de que el viejo siempre se coloca en el sitio donde mejor puede mirar su culo). Más desconcertada se queda cuando, en otra ocasión, el viejo ve cómo mete las propinas en el bote y empieza a discutir, diciendo que esas propinas son para ella, para que se compre una chuche.
-Mira, todas las propinas van para el bote. Si no quieres que vayan, no me las des y si quieres que me tome una chuche no me des propina porque no voy a gastarlo en esas idioteces -acaba por decirle.
Al día siguiente, el viejo aparece con una chuche y ella empieza a pensar que está metida dentro de una extraña película surrealista. A pesar de todo, el viejo parece con ganas de reconciliarse y la camarera decide darle una oportunidad, así que hace las paces con él dándole la mano a pesar de que ni ella acepta la chuche ni él le deja propina.
No obstante, al día siguiente pretende darle la mano de nuevo y al siguiente igual, hasta que ella se harta y le dice que no le da la gana darle la mano todos los días. Empieza entonces otra discusión que acaba cuando, tras intentar meter el viejo la mano tras la barra, ella amenaza con echarle.
Ese mismo día la camarera le dice al jefe que ya no va a dar coba al viejo y que lo siente mucho si pierde un cliente, pero que a partir de ese momento va a ignorarle. Al jefe no le queda más remedio que aceptarlo (más que nada porque la otra opción que ha propuesto la camarera es usar el derecho de admisión y no dejarle entrar) y cuando el viejo se asoma y pregunta si puede pasar, ella responde:
-Si te vas a comportar, puedes pasar.
Pero el viejo vuelve a discutir y ella acaba diciéndole que en el chino de más arriba, aunque no tiene barra ni puedes sentarte dentro, venden los refrescos más baratos y que no le importa en lo más mínimo que no vuelva a pasar por el Criper.
Al cabo de un tiempo el viejo vuelve a asomarse preguntando lo mismo y ella le responde lo mismo. Pasa todo el rato ignorándole, en tensión, contestando con monosílabos, pero al viejo eso no le impide hablar con ella y decir lo mucho que ha adelgazado y lo largo que tiene el pelo, y que debería hacerse un moño porque así estaría más guapa. Ella se muerde la lengua y sigue ignorándole, lo que no impide que siga llegando todos los días y soltando impertinencias.
Una tarde, el viejo aparece y le dice que si le haría el favor de acompañarle al mediamark para comprarse un ordenador y ella se niega; en otra ocasión empieza a decir que qué guapa va; y todos los días, sin excepción, intenta sacar el tema del tiempo y del modelito que lleva la camarera en ese momento (que siempre son camisetas anchas y vaqueros cómodos lo menos llamativos posibles). También le entra la paranoia cuando le hace preguntas ridículas que ella no tiene interés en responder (ni en conocer la respuesta) y, al responder que no lo sabe, empieza a decir que sí que lo sabe, pero que no se lo quiere decir.
Como si los metros cuadrados que tiene España o gilipolleces similares fueran un secreto nacional, piensa ella, ignorándole por completo.
El colmo ya llega cuando el viejo le pregunta cuánto pesa.
-No es de tu incumbencia -responde ella, sin mirarle.
-Oye, que el que seas muy inteligente no implica que tengas que ser una maleducada.
La camarera se queda flipada y le dice que lo que es de maleducados es preguntarle a una mujer cuánto pesa. El viejo se levanta, paga, y dice antes de salir:
-Has cambiado, y tú y yo sabemos por qué.
-Sí, porque no sabes comportarte y has cruzado la línea demasiadas veces -dice, aunque el viejo parece no hacer caso.
No vuelve en mucho tiempo y la camarera empieza a confiar en que ha sido la última vez que le ha visto, pero no… no podía ser tan fácil. Un día mira hacia el bar de enfrente y ahí está él, de pie con su refresco, mirando por la ventana directamente hacia ella. La camarera le ignora y sigue a lo suyo, como si no le hubiera visto, y al rato se abre la puerta y el viejo entra en el Criper.
Él sigue intentando que responda a sus provocaciones y ella sigue comportándose como siempre, preguntándose internamente qué diablos tiene que hacer para que el viejo no vuelva a pisar el bar… ¡Si al menos no se dejara tanto dinero en refrescos!

Consola

Un tipo de aspecto y modales desagradables, de unos cuarenta años, entra al Criper y pide un cubata. Mientras lo bebe llama por teléfono y es imposible no escucharle con los gritos que pega:
-¿Oye? ¡Soy yo!… ¿Cómo que quién? ¡Pues el que te mandó a tomar por culo el otro día!… Oye, tú tienes una buena tele, ¿no?… Bueno, pues si eso me paso con tu casa con mi play y nos echamos unas partidas… No, ya te digo, me voy a mi casa y cojo la consola y unos cuantos juegos geniales y nos apalancamos… ¿Cómo que dónde? ¡Pues en tu sofá!… No, yo invito a la consola, pero la tele y los aperitivos los pones tú… ¡Venga, hombre! ¡Que la que tengo es la 3 y son unos pedazo de juegos!… ¿Que no? ¡Anda y vete al carajo!
El tipo mira insistentemente a la camarera, que le ignora, pero eso no le detiene.
-Es que la gente es una rajada. Mira que, cuando les dices que si echan una play 3, no se atreve conmigo ni Dios -la camarera se encoge de hombros y sigue con lo suyo-. ¿Tú qué crees? ¿A que la Play 3 es la mejor?
-No me gustan esas cosas -dice ella, aunque no es verdad. Todo sea por no tener que seguir conversando con el espécimen, pero no tendrá tanta suerte: el tipo está empeñado en hablar con alguien y, a falta de alguien mejor, le da la lata hasta que llega el relevo.

¿Kerewita?

Un asiático sonriente entra con una maleta y se sienta en un taburete mirando a la camarera.

-Kerewita.

La camarera no entiende. El asiático vuelve a repetir la misma palabra.

-¿Perdón?

-Kerewita -pronuncia de nuevo señalando hacia el frente, donde está el baño.

-¿Quiere ir al baño?

-No -dice asintiendo con la cabeza. Señala un poco más a la izquierda -. ¡Kerewita!

La camarera deduce que se refiere a la cerveza y le pregunta si es eso lo que quiere.

-Sí. Kerewita.

Le pone una caña, sin atreverse a preguntar si quiere caña o botellín por el lío que se iba a armar, y el asiático se la bebe de un trago.

-¿Baño? -pregunta señalando el almacén. La camarera niega con la cabeza y señala donde está el aseo, suspirando cansada.

El loco (3 y última… de momento)

El loco vuelve de vez en cuando al Criper, pero la camarera siempre le echa y se marcha dócilmente. A veces aparece con un joven, que mira con resignación a la camarera cuando les dice que se tienen que marchar. Después, pasan un par de meses sin que aparezca y la camarera suspira con alivio, pensando que, a lo mejor, le han vuelto a ingresar o se ha mudado lejos, o algo, cualquier cosa, que impida que vuelva a pisar el local. Pero claro, no podía haber tanta suerte en su vida y una tarde calurosa vuelve a aparecer.

-Tienes que marcharte, ya te lo he dicho mil veces.

-No, quiero tabaco.

-No te lo voy a vender. Vete a otro sitio.

-No me pienso ir.

-Pues llamo a la policía.

-Pues llama si quieres, ¡ME VOY A CARGAR EN LA MADRE QUE TE PARIÓ, HIJA PUTA! -grita y comienza a amenazarla. La camarera coge con una mano el palo de madera reforzado con metal que siempre tiene a mano por si algún indeseable intenta propasarse y el móvil  con la otra. Llama primero al jefe, porque nunca es bueno para un local tener un lío de estos.

-El loco está aquí y no quiere irse.

-Pues déjale.

-¿Cómo que le deje? ¡Me está amenazando! ¡Voy a llamar a la policía!

-¿Amenazando? ¿el de los clinex? (nota: ya hablaré del de los clínex, ya…)

-No, el de los clinex no. ¡El loco! -el loco se cansa de amenazar y se marcha entre tanto -.Déjalo, ya se fue.

La camarera cuelga el teléfono y le mira entrar en el bar de al lado. Casi seguro que no va a volver, pero por si acaso deja la barra cerca, no sea que vaya a necesitarla

El loco (parte 2)

Pasan varias semanas antes de que el loco vuelva a aparecer por el Criper. Entra y pide un licor de manzana sin alcohol, pero no queda y empieza a gimotear porque la camarera se niega a servírselo. Le cuesta un rato aceptar que no hay y acaba por pedir un zumo de naranja, aunque apenas lo prueba y se dedica a mirar fijamente a la camarera y a decir cosas extrañas.

La camarera acaba por ignorarle y se dedica a leer el periódico, pero cuando entra otro cliente y se pone a molestarle ella tiene que volver a prestarle atención para que deje en paz al inocente. Por finm sale disparada en cuanto llega el relevo.

A partir de ese día, el loco vuelve a aparecer de vez en cuando y sigue siempre la misma pauta, hasta que ocurre lo inevitable: se topa con un cliente que tiene tendencias de alborotador. Comienzan a discutir sobre un tema absurdo y el alborotador empieza a cabrearse. La camarera intenta que haya paz y lo único que consigue es que le den la chapa los dos a la vez: el loco con sus locuras y el alborotador, que podría ser su padre, intentando ligársela y fardando de que tiene un cochazo.

La camarera mira con esperanza el reloj y espera resignada el cambio de turno, mientras los otros dos, al ver que no les sigue la corriente, vuelven a discutir, esta vez sobre fórmula uno. En estas llega el jefe y la camarera se va a casa nada más pisa el local.

Cuando vuelve a ver al jefe, éste dice que no vuelva a dejar entrar al loco en el local, porque intentó pegarse con el alborotador y tuvo que echarles a los dos del local pocos minutos después de que ella se fuera.

El loco (parte 1)

Cuando llega la camarera, su compañero le señala a un tipo que hay en la barra y dice que va a llamar al jefe. Al parecer, según se ha sentado, sin haberle servido nada, se ha caído y se ha dado un golpe. El tipo no puede tenerse en pie y afirma rotundamente que está loco, mostrando los papeles que, según él, son el alta del manicomio, que se la ha dado esta mañana. Llaman al jefe y a la ambulancia, pero tarda muchísimo y el tipo empieza a alborotar. El jefe aparece y, como el loco no para de molestar, no tiene más remedio que echarle, pero él dice:

-No, porque yo estoy loco. Ya he estado en la policía, aunque estoy loco. He salido hoy del manicomio, pero mire, que ya he estado en la policía y no me voy -dice mostrando una denuncia por el robo de una bandera de España y un banderín. En estas aparece la ambulancia y le miran, pero el loco se niega a acompañarles al hospital y acaban marchándose.

Al poco aparecen los municipales y la nacional, que han sido llamados por el jefe ante la negativa del loco de marcharse. Le conocen, porque llevan toda la mañana echándole de bares y siempre con la misma historia, y consiguen que se largue.

El jefe se larga y la camarera se queda sola, con un palo a su alcance por si las moscas, viendo atónita la escena que se desarrolla en la calle. El loco se ha vuelto a sentar en un banco y se ha vuelto a caer, dándose un terrible golpe en la cabeza que comienza a sangrar.

Un transeunte llama de nuevo a la ambulancia y, como esta vez está demasiado aturdido para resistirse, se lo llevan al hospital.

Soy cliente

Cuando la camarera entra, helada de frío, su compañero se acerca algo preocupado.

-Ese tipo lleva ahi un buen rato sentado sin pedir nada y no sé qué hacer.

Ella decide encargarse del asunto, pero antes de que pueda decir nada, el tipo le dice:

– ¿Me pones un vaso de agua?

La camarera se lo pone y le dice:

– ¿No vas a tomar nada?

– No, gracias.

– No puedes estar aquí sin consumir nada.

– Estoy consumiendo -dice señalando al vaso de agua.

– Eso no es consumir, es gorronear.

-Tu jefe me deja.

– ¿En serio? Pues entonces no te importará que le llame para comprobarlo…

Va al almacén a por el móvil y oye la puerta cerrarse. El tipo se ha marchado.