El cigarrillo diario

El hombre entra todos los días al Críper, se pide un botellín, se lo bebe a toda prisa y, cuando paga y recibe el cambio, dice:

—Pásame un cigarrillo, haz el favor. Están ahí, al lado de las libretas.

La primera vez que se lo pidió, la camarera se quedó mirándole como si estuviera loco. Pero, tras comprobar que efectivamente el paquete es suyo, ya se ha acostumbrado. Le da el paquete, para que coja el que prefiera, y lo devuelve a su sitio. Cuando se acaba, el hombre compra otro de la máquina y ella lo pone donde estaba el anterior.

De vez en cuando se explica. Lo está dejando junto a su pareja y ella no le deja tener el paquete en casa, pero se ve incapaz de renunciar al de después del trabajo. El Críper es su solución.

La camarera no tiene ningún inconveniente. Sólo espera que, cuando lo deje definitivamente, no deje de ser cliente.

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