Archivo del Autor: Déborah F. Muñoz

Acerca de Déborah F. Muñoz

Escritora incansable, a los dieciocho años cambió su vida al ser publicado uno de sus relatos en una revista y empezar la blognovela Atrapada en otra dimensión y el blog escribolee. Gracias a sus lectores, que la han animado a mejorar y a seguir escribiendo, autopublicó tres novelas en papel (Atrapada en otra dimensión, Viajera interdimensional e Incursores de la noche) y una novela corta ilustrada, Eladil, además de tener relatos suyos en decenas de antologías literarias. Su última novela Amigos o algo más, salió con el sello Divalentis romántica. Posee también un blog de reseñas literarias y participa activamente en grupos de lectores y escritores de diversos ámbitos. A lo largo de su extensa carrera literaria, ha escrito cientos de relatos, y está recopilando los mejores en diversas antologías, como 126 trocitos o 48 trozos de fantasía y ciencia ficción. Además, ha incursionado en el género de la no-ficción con el título ¿Dónde está mi tiempo?

Todo negro

Un tipo con pinta de albañil entra al Críper cubierto de polvo y pide un botellín, que la camarera le sirve mientras se va a lavar las manos. Luego, se lo bebe tranquilamente y le dan varios ataques de estornudos entre medias.

Cuando se va, la camarera se fija en que allá donde ha apoyado los brazos ha dejado una marca negra, de modo que, gracias a los estornudos, toda esa zona de la barra se ha quedado oscurecida.

Mientras lo limpia, se pregunta cómo se habrá lavado las manos.

El viejecito

Un viejecito va al Críper a menudo. Todo el mundo en el barrio le conoce, pero vive solo y, como cada vez va a un bar distinto, nadie sabe mucho sobre él salvo las pocas cosas que deja traslucir en las conversaciones, como que tiene familia pero que no se lleva nada bien con ellos.

Un día deja de aparecer y la camarera empieza a preocuparse: cuando pregunta a distintos habituales del barrio, todos le dicen que no le han visto por ningún lado, a pesar de que suele pasar el día paseando o en los bares de la zona.

Casi un mes después, el viejecito aparece por el Críper de nuevo y, al preguntarle dónde se ha metido, responde:

-Un ataque al corazón, he estado ingresado todo este tiempo.

La camarera y el resto de los clientes escuchan cómo empezó a sentirse mal y cómo ha pasado esos días hasta que se cansa de hablar y se va.

-Este hombre se muere un día y no se entera nadie -dice uno de los clientes. Todos los demás asienten, preocupados, pero nadie sabe qué más hacer aparte de lo que ya hacen: escucharle cuando viene e interesarse por él cuando no aparece.

El loco defensor

Uno de los clientes habituales del Críper está oficialmente loco. No loco como el que tuvo que denunciar la camarera, es un loco con el que se puede charlar tranquilamente. De hecho, por lo que ha contado, en el lugar donde va a terapia hay un tipo que se sobrepasa con las mujeres y ya se ha enfrentado a él varias veces para protegerlas.

Un día, el loco se queda muy pendiente de la ventana y, cuando ve pasar a su objetivo, se enzarza con él y le amenaza. Luego vuelve al bar tranquilamente y dice:

-Ese es él. Se va a enterar de lo que es bueno, como no rectifique su comportamiento voy a estar encima de él a la menor ocasión. Total, como estoy loco, aunque me delate no va a haber consecuencias.

A partir de ese momento, el loco, sobre esa hora, vigila por la ventana del bar, pero no vuelve a verle pasar.

-Qué raro -dice él-. Tiene que pasar por aquí para llegar a su casa.

-Si sabe que le estás esperando, seguramente salga por la otra boca de metro y dé un rodeo -dice la camarera.

-Ah, pues en eso no había caído yo -comenta él, pensativo.

Desde ese día, el loco viene un poco antes y se marcha siempre en dirección a la otra boca de metro cuando calcula que el otro va a pasar.

Hambre canina

Un grupo de chicos entra al Críper y se piden unos botellines. La camarera poner uno frente a cada uno, pero el del centro coge el suyo y el de su amigo y dice, riendo:

-Es que los dos son para mí.

Su amigo se encoge de hombros y la camarera dice:

-Yo los pongo, vosotros los repartís como queráis.

Luego, ella pone unos platos con aperitivos y, antes de que el de los dos botellines pueda reaccionar, su amigo, el que no tiene, se lanza a por uno y se lo mete en la boca.

-Hay hambre, ¿eh? -pregunta uno.

-Canina -dice el chico, con la boca llena.

Todos se ríen y continúan charlando durante unas cuantas rondas más, en las que el chico intenta hacerse con un bocado; la cerveza no le importa tanto.

Me espera la Reina

Hay un cliente que siempre pide varias cervezas cada día y casi siempre las hace anotar en una cuenta hasta que su padre le da la paga o su novia, que nadie sabe por qué le aguanta, le invita. Todos los habituales del Críper se extrañaron cuando se ausentó una larga temporada -con una cuenta sin pagar bastante inflada, por cierto- hasta que uno de los que le conocen descubrió el motivo y corrió a contárselo al resto:

-Se volvió loco de remate y, cuando quisieron llevárselo al hospital, decía que no quería, que esperaba a la Reina y que no podía marcharse.

En el fondo, nadie se extraña, porque el tipo, además de beber mucho, se mete de todo. Lo que sí deja a todos flipando es cuando le dicen al camarero que está preguntando por él y que por qué no ha ido a visitarle al hospital.

-Si no somos amigos ni nada, ¿a santo de qué voy a ir a verle?

También pregunta por otro de los clientes, que no quería saber nada de él ni cuando estaba cuerdo y pide a todos que, por favor, le prevengan cuando vuelva por ahí para no aparecer. Poco a poco van sabiendo más detalles, como que la novia le ha dejado por fin, pero pronto la rutina se vuelve a instalar en el bar y el asunto queda olvidado.

¡Ni que fuera un drogadicto!

Un anciano entra al Críper y pide entrar al baño.

-Es solo para clientes, pero le voy a dejar pasar -dice la camarera. Aunque no le gusta dejar a nadie que no sea de la clientela, le da pena el hombre.

Cuando sale del baño, pasada la urgencia, el abuelo le gruñe a la camarera:

-Vamos, dejarme pasar como si me hiciera un favor. ¡Ni que fuera un drogadicto!

-No -replica la camarera, cabreada-. Usted no es un drogadicto, pero gasta agua, luz, papel higiénico y jabón, todo cual sale de mi bolsillo. Para colmo, contribuye a que los que sí son clientes y me ayudan a pagar todo esto se encuentren el baño un poco más sucio. Así que disculpe si no me ilusiona que entre usted a mear en mi local a cambio de nada.

El anciano, que con tantas ganas de pendenciar había hablado, se remueve en el sitio, avergonzado, y saca una moneda de cincuenta céntimos, que le tiende a la camarera.

-No, ya le he dicho que le dejaba pasar, no le voy a cobrar nada. Limítese a ser más educado la próxima vez.

El hombre se marcha y, desde entonces, no se le ha vuelto a ver en el Críper.

La siesta

Un hombre mayor, cliente habitual, tiene por costumbre quedarse dormido en la barra, mientras se toma su café. La camarera ya le deja por imposible, pero ese día se pone a roncar cada vez más fuerte y, cuando otro cliente y ella cruzan una mirada, sueltan una carcajada que le despierta.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa?

-Que te has quedado frito y estabas roncando -dice la camarera.

-¡Yo no ronco! -exclama indignado el hombre mayor.

-Todos los que roncamos decimos lo mismo -dice el otro cliente.

-¡Bah! -responde el hombre y, poco a poco, vuelve a quedarse dormido.