Zurdo

Aunque entra con su mujer y su hija, que se sientan en la mesa de la ventana, el señor se coloca en la barra y observa a la camarera atentamente mientras les pone lo que han pedido.

—¿Con qué mano escribes?

—Con la izquierda —responde, con tono de hastío. No le apetece hablar, la tarde ha estado plagada de pesados, ligones y listillos… y ha llegado a su límite.

El señor suelta entonces una risa siniestra, de malo de película, que sorprende a la camarera y a sus dos acompañantes por igual.

—¿Sabes por qué te lo pregunto? —ella se encoge de hombros y sigue a lo suyo, con la esperanza de que diga lo que quiere decir y la deje tranquila—. Porque yo soy zurdo —baja el tono, como si le estuviera contando un secreto—, pero escribo con la derecha.

—Pues qué bien —contesta ella, en el tono menos irónico que puede generar. Pero es que no le sale otro.

—¿Sabes por qué?

—Porque los maestros no te dejaban escribir con tu mano —responde, aburrida. Lleva toda la vida aguantando la anecdotilla de parte de todos los zurdos que estudiaron en otros tiempos.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta él, con tono sinceramente sorprendido.

La camarera está a punto de responder que es adivina cuando las acompañantes del señor le llaman y él deja de prestarle atención.

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